Por qué no estoy donde se supone que debo estar

por Enrique Barrera

Enrique Barrera Beitia | Cuando tenía dieciséis años entré en contacto con la oposición al franquismo e ingresé en una clandestinidad que -todo hay que decirlo- nada tenía que ver con la de los años cuarenta, cincuenta o sesenta. Era el tardofranquismo y enseguida transitamos hacia la Transición. Entonces, el PCE era una fuerza tan poderosa y disciplinada como responsable. Es lógico que sienta orgullo de haber formado parte de ese proyecto, hoy diluido en el tiempo.

Ahora soy, como muchos saben, un simple militante de base en el PSOE. Un lugar donde, supuestamente, no debería estar; cuando hago alguno de esos test ideológicos que circulan por las redes sociales, los algoritmos me sitúan más cerca de Sumar o Podemos que de las filas socialistas. Es comprensible: soy republicano, me opongo a la OTAN y considero tibios algunos aspectos del programa electoral del partido. Sin embargo, no tengo ninguna duda de que el PSOE representa una herramienta política mucho más útil. Es una organización que resiste a las escisiones, digiere sus discrepancias internas sin dogmatismos y entiende que el verdadero cambio se escribe en el Boletín Oficial del Estado y no en las promesas del programa. A estas alturas de mi vida, con eso me basta y me sobra.

Desde mi experiencia, observo cuatro grandes dinámicas en la izquierda alternativa que, con frecuencia, bloquean su utilidad política.

La primera es la compleja transición del activismo social a la gestión autonómica o estatal. En el ámbito municipal hemos tenido, y tenemos, excelentes alcaldes situados «a la izquierda de la izquierda». Sin embargo, trasladar esa lógica a estructuras mayores no siempre es sencillo. Cuando era concejal en Ferrol y explicaba en una asamblea que los límites presupuestarios obligaban a priorizar unos proyectos y descartar otros, un camarada me lanzó una frase que define a la perfección este conflicto: “Yo hablo de derechos y tú hablas de dinero”.

La segunda es cierta inercia al recelo en la colaboración con los socialistas. Lejos de entenderla como una alianza estratégica necesaria, a menudo se asume de forma defensiva para evitar ser etiquetados como “la muletilla del PSOE”. Esto provoca que, en las ocasiones en que se articulan gobiernos de coalición, se intente gestionar al máximo y, al mismo tiempo, ejercer de oposición frente al socio mayoritario del ejecutivo.

La tercera es una exigente fiscalización moral hacia sus líderes, que en ocasiones se extiende a esferas personales como la vestimenta, la vivienda, el transporte o los espacios de socialización, desenfocando el debate de las políticas públicas.

Finalmente, existe una tendencia al cainismo entre sus dirigentes, atrapados a veces en una suerte de competición por liderar este espacio, lo que aboca a una búsqueda estéril de diferencias.

Por todo esto estoy donde debo estar, y no donde el algoritmo supone que debería estar.

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