Pasados los primeros recelos y las críticas iniciales de algunos sectores, la realidad se impone a pie de calle. A la vista de cómo avanzan las obras para la desaparición del muro que dividía la zona de la Armada del resto de la ciudad, el escepticismo se desvanece. Los trabajos continúan, pero el espacio liberado ya permite contemplar a simple vista lo que antes quedaba casi oculto, a menos que uno se decidiera expresamente a subir a los jardines de San Francisco o de Herrera para asomarse. Hoy, todo hace presumir que el histórico proyecto de abrir Ferrol al mar va camino del éxito.
Se ha terminado por fin aquella vieja mentalidad del «yo trabajo o estoy destinado dentro». Vivimos tiempos de acercamiento, integración y transparencia. Día a día se hace más evidente que la Armada también es Ferrol. Es una evolución natural si no olvidamos que una parte sustancial de la ciudadanía está directamente ligada a la institución: desde el Arsenal y el Tercio Norte, la Fuerza de Protección de la Armada hasta las Escuelas «Escaño» y «Esengra», dependencias y buques, sumando a una enorme comunidad de ex marinos, jubilados, reservistas y sus familias. Todos ellos y ellas son, ante todo, vecinos que viven y pagan aquí sus impuestos, que aman a su Ferroliño, muchos que han estado destinados en otros puntos de la geografía nacional y al acabar su vida activa deciden regresar a «donde se acaba el mar» para fijar aquí su residencia.
A este arraigo social hay que añadir el pilar económico: lo que supone para la comarca que aquí se construyan y se reparen los buques de la Armada. Eso se traduce en una palabra fundamental: puestos de trabajo. La unión entre la Armada y la construcción naval fue el pasado que nos dio origen hace trescientos años, es nuestro presente innegable y, por fortuna, es nuestro futuro. La caída de este muro no es solo urbanística; es el símbolo de una ciudad que se reconcilia con su historia y se abre, junta, hacia el mar.
