
Pedro Sande García | Fue en el año 1893 cuando comenzó a denominarse de forma oficial plaza del Marqués de Amboage, antes plaza de Nuestra Señora de los Dolores Tres años después, el 31 de agosto de 1896, se erigió la estatua del marqués. Para mí siempre será la Plaza de Amboage, mi plaza. No se crean que lo hago por menospreciar el marquesado de don Ramón, es la costumbre. En muchas ocasiones, con decir Amboage era y es suficiente. ¿Quedamos en Amboage? ¿Vamos a Amboage? Cuantas veces habrán usado estas expresiones miles de Ferrolanos, no solo quienes hemos vivido a su alrededor, sino también todos aquellos que se acercan a pasear, a disfrutar de sus terrazas o a ver las procesiones de Semana Santa.
Empezó a ser mi plaza desde aquellos primeros años en los que los recuerdos no se ven, solo se sienten. Es la memoria reflejada en un papel en blanco y negro, son las historias que se cuentan en el ámbito familiar. Imágenes estáticas en los brazos de mis tías o dando mis primeros pasos de la mano de mis padres y de mis abuelos. Aquellos primeros años de recuerdos invisibles dejaron un poso entrañable, los primeros sentimientos hacia mis seres más cercanos y hacia mi plaza.
Las imágenes en movimiento son los primeros recuerdos que visualizamos. Los míos están ligados al uniforme de la que fue mi primera aula de aprendizaje fuera de casa, el colegio de las Discípulas. Pantalón corto oscuro, jersey gris de pico, camisa blanca y corbata oscura. Aquella corbata que no se tenía que anudar, ya que se sujetaba con una goma elástica ¡Quién me iba a decir que, años después y durante casi cuarenta años, todas las mañanas me tendría que hacer el nudo de la corbata como parte de mi uniforme profesional!
Entrábamos al colegio por una pequeña puerta al final del muro blanco en el que terminaba la calle María, un simple muro que ha sido sustituido por el terrible mamotreto actual que alberga las nuevas aulas. Un poco antes de las nueve de la mañana y de las tres y media de la tarde resonaba con furia el grito de guerra ¡Abrieron!, y una manada de jovenzuelos entrábamos al patio de tierra para formar filas antes de entrar en las aulas, donde comenzamos a labrar nuestro futuro.
Como suele ocurrirme con mis crónicas, sé dónde comienza el camino pero siempre aparece alguna bifurcación que soy incapaz de obviar. En este caso, son unos cientos de metros que separan la Plaza de Amboage del colegio de mi infancia. Antes de retomar la ruta inicial, no puedo olvidarme de citar la maravillosa fachada, obra de Rodolfo Ucha, que presenta el colegio en su entrada por la calle del Pintor Imeldo Corral. Menos mal que la protección urbanística prohíbe sustituirla por uno de los muchos engendros que han destrozado nuestras ciudades.
Vuelvo a la Plaza de Amboage con mis pantalones cortos y mis botas katiuskas (según la RAE), o catiuscas, como solemos llamarlas en Galicia. Me van a permitir un nuevo desvío, he aprovechado para buscar el origen de aquellas botas con las que tanto disfruté. Siempre pensé que tenían algo que ver con los cosacos. ¡Qué desilusión me he llevado! Su origen está en una zarzuela que se denominaba Katiuska, cuya protagonista aparecía con ellas puestas y el traje típico ruso. En fin, si hubiera frenado mi curiosidad, seguiría pensando que aquellas botas con las que tanto salté y pisoteé los charcos eran las mismas que las usadas por los cosacos que correteaban por las estepas rusas. Que manía tenían nuestros madres con lo de no pisar los charcos. Entonces ¿para qué nos ponían aquellas botas? Hay placeres tan sencillos en la vida que no deberían prohibirse. Aunque ya se sabe que, desde que nacemos, recorremos un largo camino lleno de normas y prohibiciones.
Allí, en la plaza de Amboage, en el círculo de tierra que hacía de frontera con la zona ajardinada, pasábamos nuestros momentos de ocio jugando al clavo, las bolas (nosotros no las llamábamos canicas) y al peón. Fueron los primeros juegos con los que, sin saberlo, comenzó nuestra vida de competidores.
El clavo era un juego de pura estrategia y el ganador se llevaba el reconocimiento de los demás. En las bolas, lo importante era la destreza y la puntería, los ganadores se llenaban la bolsa de tela con las bolas de cristal o de barro que arrebataban a sus adversarios. En el caso del peón, además de la destreza, lo importante era la calidad de la madera. Recuerdo que yo tenía un peón de madera de júcaro, un auténtico lujo. Lo importante no era su resistencia, sino la posibilidad de romper el peón del contrario.
No había ningún acto de violencia; nunca lo fuimos. Simplemente era un juego cuyo único objetivo era la satisfacción de saber lo bien que bailábamos el peón, la puntería que teníamos con las bolas o los buenos estrategas que éramos con el juego del clavo. Estrategia, una palabra desconocida en aquellos tiempos donde todo se reducía a divertirse.
De aquellos momentos, el único punto negro que recuerdo era cuando algunos sinvergüenzas, al grito de ¡Opa la banca!, entraban corriendo en nuestro terreno de juego y se llevaban las bolas de cristal. No recuerdo nunca que nadie intentara llevarse mi peón de júcaro. Creo que, si eso hubiera ocurrido, hubiera cambiado el rumbo de mi vida.
Dejamos aquellos primeros juegos que practicábamos en cuclillas, que bonita palabra, y comenzamos a erguirnos para disfrutar de otros entretenimientos con el cuerpo en posición vertical. Empezamos con el futbol. Una de las porterías estaba en las escaleras, hoy inexistentes, por las que se subía a la cruz de los caídos y la otra era uno de los lados de la verja que todavía rodea al marqués. No puedo dejar de contarles una curiosidad histórica sobre el marquesado. El título le fue concedido a Don Ramón por el papa León XIII en 1884. Fue el propio marqués el que decidió utilizar el apellido Amboage, en lugar de sus primeros apellidos Pla y Monge, para rendir homenaje a su linaje materno. Ese mismo año, el rey Alfonso XII autorizó el uso de marqués de Amboage.
Aquellos partidos de fútbol eran muy entretenidos, no recuerdo los futbolistas que estaban de moda en aquella época ya que nunca fui un gran aficionado a este deporte, no solo por el espíritu competitivo que empezabas a correr por nuestras venas, sino también porque siempre teníamos que estar alerta por si aparecía el «chepa», denominación que en ferrolano le damos a la policía local. Estaba prohibido jugar al fútbol en la plaza, lo cual nos proporcionó otro grito de guerra, ¡Que viene el chepa! Recogíamos la pelota y echábamos a correr, aunque tampoco hacía falta demasiado esfuerzo por nuestra parte ya que en aquella época los chepas tenían tal exceso de tejido abdominal que hasta caminar deprisa les resultaba difícil. Para aquellos que no son de Ferrol y desconocen la rica jerga ferrolana, les diré que, en este caso, la palabra chepa tiene su origen en el inglés «shepherd», que significa pastor y se utilizaba para denominar a los vigilantes del personal de los astilleros. De ahí paso a designar a los policías locales y, con un poco de imaginación, se darán cuenta de cómo acabó convirtiéndose en chepa.
Aquellos primeros juegos los practicábamos separados por sexo, los niños jugábamos al futbol y las niñas, a la goma. Solo en algunas ocasiones jugábamos juntos al brilé, palabra que no recoge la RAE. Para los que no son de Ferrol les diré que el juego del brilé es algo parecido al juego conocido como balón prisionero. Jugábamos al brilé menos veces de las que nos gustaría a todos y a todas, ya que jugar juntos era mucho más divertido. Además teníamos la ocasión de mirar sin ninguna vergüenza a las chicas que nos gustaban.
Llegó el momento en que empecé a tener autonomía para ir solo a la plaza o cruzarla de camino al colegio. Recuerdo las mañanas frías y lluviosas, pisando los charcos sin que nadie me reprendiera y, de vez en cuando, comprando castañas en el puesto que había en la entrada por la calle Dolores. Castañas que vaciaba en los bolsillos y me servían de calentadores naturales. En aquella entrada estaba el único lugar al que teníamos prohibido acercarnos, los baños públicos subterráneos. Para ir al colegio mi equipaje consistía en una cartera, en aquellos tiempos no había mochilas, donde guardaba los libros y una bolsa de tela con el bocadillo para el descanso de las once de la mañana. Normalmente era un bollito de leche con queso y membrillo, chocolate o algo que me apasionaba, el bocadillo de chorizo de pamplona. Había otra bolsa, idéntica a la del bocadillo, donde llevaba mi tesoro: mi juego de bolas de cristal y de barro.
Los domingos eran días muy especiales, no por la ropa de los domingos ni por la obligación de ira a misa, sino porque era el día de la paga. En mi caso, la de mis abuelos que iba a recoger religiosamente en compañía de mis primos. Con parte de la paga algunas veces íbamos al cine, al Rena (vergüenza les debería dar a muchos gobernantes de permitir el estado ruinoso en el que se encuentra) o al Cinema. Solíamos ir a la sesión de las cuatro pero siempre, era una parada obligatoria, antes o después pasábamos por la Plaza de Amboage. Primero al quiosco de Monso. Era increíble cómo, en aquel lugar lúgubre y revuelto, aquel señor pudiera tener tantas cosas y saber dónde estaba cada una de ellas. El otro quiosco, más moderno, estaba al final de la pequeña cuesta que da acceso a la esquina de la calle Real con Méndez Núñez. Allí donde está la otra cuesta, conocida por los ferrolanos, Rómpete el Alma. Se pueden imaginar la razón. Comprábamos chistes, no decíamos tebeos ni muchos menos comics, eran chistes. De Pulgarcito y Jaimito y, algunas veces, de Hazañas Bélicas, con las aventuras de tantos y tantos personajes que devorábamos mientras nos llenamos la boca de golosinas. Limoncitos, regaliz rojo y negro, chicles Bazoka, palotes, gominolas y aquellos polvos amarillos que, al meterlos en la boca, tenían efecto efervescente. Para quienes se quejan de la inflación, recuerdo que por una peseta nos daban diez limoncitos o diez gominolas. Es decir, hoy, por un euro, nos darían 1600 de aquellas deliciosas golosinas.
Fuimos creciendo y nos convertimos en adolescentes. Aunque estábamos repartidos por diferentes colegios de Ferrol, seguíamos teniendo un lugar común, la plaza de Amboage. Sabíamos que los fines de semana no necesitábamos quedar con nadie, no hacía falta organizar una cita. Salías de casa e ibas a la plaza donde siempre había algún conocido. Fue una época en que los juegos cambiaron. Ya nos sentíamos mayores para jugar al futbol y, entre los últimos juegos que practicamos, recuerdo «arriba facu». Siento no poder explicarles a quienes no son de Ferrol en qué consistía dicho juego ya que me extendería demasiado. A los ferrolanos, en cambio, recordarles que no lo confundan con las «lombas». Arriba facu tenía su propia jerga con palabras como «picos, porros o tainas», y la prohibición de «gabear».
Los juegos desaparecieron y empezamos a sentarnos en los banquillos, donde pasábamos tardes enteras. Es curioso, pero no tengo un recuerdo demasiado claro de los temas de nuestras conversaciones. Algunos tocaban la guitarra, lo que les permitía entretener al resto y, al mismo tiempo, llamar la atención de las chicas con las que empezaban a cruzar las primeras miradas. Los incapacitados para la música solo podíamos cruzar nuestra mirada con la estatua del marqués.
Pasaron los años y comenzó la diáspora. Unos se fueron a la universidad, otros emigraron a otros lugares y todos empezamos a construir nuestras propias vidas. Yo siempre he regresado a Ferrol y, cada vez que lo hago, he vuelto a mi plaza y a visitar al marqués. Algunas veces me siento en uno de sus bancos y me quedo mirándolo. Recuerdo con mucha alegría aquellos tiempos, pero sin dejar de disfrutar los nuevos momentos que he vivido en la plaza. Llevar a mi hija, sentarme en una de sus terrazas, quedar con los amigos y, por supuesto, algo que une a todos los ferrolanos, independientemente de sus creencias, ir a ver las procesiones de Semana Santa.
Desde aquellos primeros recuerdos invisibles, mi vida ha cambiado. La plaza también ha experimentado algunos cambios urbanísticos, pero siempre seguirá siendo mi plaza.
No me quiero extender más pero no puedo terminar este artículo sin lanzar un mensaje a los Ferrolanos. En muchas ciudades sería un lujo tener una plaza como la de Amboage. Ferrol, una ciudad tan dada a las discusiones sobre sus plazas, no puede consentir que la Plaza de Amboage se malogre. Si alguien lo intenta, que sepan los ferrolanos que me tendrán a su lado. Si hace falta, haciendo una defensa Amboagina, expresión que no recoge la RAE, pero que, a partir de ahora y con su permiso, la incorporaré a la jerga Ferrolana.
Cuídense mucho.
