
Niko Sánchez | Angrois, Adamuz y Urda. Tres nombres que hasta hace nada apenas nos decían nada y que ahora nos sabemos de memoria por las peores razones.
Y aquí estamos otra vez. Buscando información, escuchando a expertos y tratando de entender qué ha fallado. Al final vamos a acabar sabiendo tanto de trenes como de fútbol.
Porque si hay algo que funciona bien a alta velocidad en este país es la búsqueda de culpables. Y esa sí que no necesita mejoras en las infraestructuras.
Cada accidente trae sus explicaciones, sus declaraciones y sus discusiones. Unos buscan respuestas y otros parecen tenerlas antes de que terminen las investigaciones. Pero entre tanto ruido, no conviene olvidarse de quienes de verdad importan en esta historia: las personas que han perdido a alguien y las familias a las que les han destrozado la vida. Para ellas, todo mi cariño. Ojalá no tengan que escuchar nunca más a nadie explicar otra tragedia como esta.
Y precisamente por ellas, por quienes ya no están y por quienes se quedan aquí con su ausencia, esto no puede quedarse en buscar culpables y repartir explicaciones. Hay que conseguir que las cosas funcionen mejor.
Como, por ejemplo, en Japón. Desde 1964, su tren bala ha transportado a miles de millones de pasajeros sin que un accidente en sus líneas de alta velocidad haya costado la vida a ninguno. Décadas sin una sola muerte. Algo más que suerte habrá detrás, digo yo.
Igual va siendo hora de preguntarnos qué coño hacen allí para que las cosas funcionen así y qué estamos haciendo nosotros.
No se trata de que allí sean perfectos ni de que aquí todo se haga mal. Se trata de mirar qué funciona, qué podemos aprender y qué hay que cambiar. Porque yo no quiero aprender de trenes a base de accidentes.
Yo lo que quiero es subirme a un tren, encontrar sitio en ventanilla y hueco para mi mochila, y llegar a destino. Y no tener que saber lo que es una catenaria.
