
Niko Sánchez | A noite da chocallada
El otro día, tomando una caña con mi vecino, me contó una historia de una cencerrada de las de antes. Había un cura, una viuda, un médico, un Seat 600 y bastante más lío del que parece. No sé cuánto tiene de verdad y cuánto se ha ido adornando con los años, pero me gustó tanto que he decidido añadirle alguna cosilla de mi cosecha, que para eso están las historias.
La cosa había empezado unos años antes, cuando un rayo cayó sobre el campanario de la iglesia y dejó aquello hecho un Cristo. La reparación costaba un buen dinero, así que se organizó una colecta entre los vecinos. Cada uno puso lo que pudo y Don Secundino, el párroco, se encargó de gestionar los fondos y las obras.
Don Secundino era un cura de los de toda la vida. Antes del campanario iba al bar en una vieja moto Puig, casi siempre para echar una partida de billar. Lo de salvar almas lo llevaba bastante bien, aunque donde de verdad parecía tener mano era con el taco.
Pero cuando apareció por el pueblo con un flamante Seat 600, justo después de arreglar el campanario con el dinero de la colecta, a más de uno le empezaron a salir las cuentas. Pruebas no había ninguna, pero en el pueblo tampoco hacían falta para que una historia durase veinte años.
Y si Don Secundino ya tenía bastante con las cuentas del campanario y su flamante Seat 600, todavía le esperaba otro pequeño disgusto. Esta vez no tenía que ver con el dinero, sino con una boda.
La protagonista era Doña Remedios, una viuda que había decidido volver a pasar por el altar. El afortunado era Laureano, también viudo, y los dos querían llevar el asunto con la mayor discreción posible. Algo que, como veremos, no iba a resultar nada fácil.
Doña Remedios se lo había contado a Don Secundino en confesión, con la reserva que se le supone a esas cosas. El cura conocía el secreto y, por supuesto, no podía ir contándolo por ahí.
Pero una tarde coincidió en el bar con Dionisio, el médico del pueblo. Se pusieron a jugar al billar y, entre carambola y carambola, acabaron hablando de Laureano, al que Dionisio había atendido unos días antes.
—A Laureano no le hacen falta medicinas —comentó Don Secundino—. Lo que necesita ese hombre es una buena dosis de Remedios.
—¿Y tú cómo sabes eso? —preguntó Dionisio.
—Hombre, Dionisio, que uno será cura, pero tampoco vive en otro mundo.
Los dos soltaron una carcajada y siguieron con la partida. Lo que Don Secundino no sabía era que, a unos metros, varios vecinos jugaban al dominó y estaban bastante más pendientes de la conversación que de las fichas.
Uno oyó el nombre de Laureano. Otro se quedó con el de Remedios. Un tercero no escuchó nada, pero tampoco iba a permitir que aquello le impidiese participar.
La noticia salió del bar antes que los propios jugadores. Primero llegó a la tienda, después a la peluquería y, de allí, a las cocinas, donde las noticias importantes siempre encuentran buena cobertura.
A media tarde ya había quien sabía hasta cómo iba a ir vestida la novia. A última hora de la tarde, alguno aseguraba que los había visto juntos. Y antes de que anocheciese, la boda ya tenía fecha, invitados y hasta quien se ofrecía a llevar los anillos.
Lo curioso es que los novios todavía no habían anunciado nada. En aquel pueblo no hacía falta que los protagonistas confirmasen una noticia para que fuese oficial.
Y claro, en aquellos tiempos una boda de viudos no siempre se despachaba con un simple enhorabuena. Si la cosa se prestaba, tocaba cencerrada. Así que empezaron los preparativos: cencerros, latas, cacharros y todo lo que pudiese hacer ruido. La idea era darle a los novios una noche que no olvidasen fácilmente.
Cuando empezó el estruendo, Don Secundino debió de pensar que aquello se le estaba yendo de las manos. No solo por el escándalo, sino porque sabía que, si alguien empezaba a preguntar de dónde había salido la noticia, podía acabar teniendo que dar explicaciones sobre lo que había dicho en el bar.
Así que salió a poner orden.
Apareció en medio de la calle con la sotana puesta y los brazos en alto.
—¡Pero bueno! ¿Se puede saber qué demonios está pasando aquí?
Los cencerros siguieron sonando como si acabasen de anunciar las fiestas patronales.
—¡Que soy el párroco! ¡Un poco de respeto!
—¡Por eso mismo, Don Secundino! ¡Que hoy también le toca a usted!
Hubo unas cuantas carcajadas. Otro vecino aprovechó para sacar a relucir el campanario y alguien gritó:
—¡Que toque las campanas, hombre! ¡Que para eso las pagamos entre todos!
Aquello terminó de desatar las risas. Don Secundino había salido a poner orden y ahora era él quien tenía que aguantar la cencerrada.
Alguien empezó a cantar y los demás se fueron sumando:
«Tú que ibas con la Puig,
con sotana y tu rosario,
ahora vas en seiscientos
¡a cuenta del campanario!
¡Ay, Secundino, Secundino,
cómo te conoce el vecindario!»
Los novios, que eran quienes supuestamente habían provocado todo aquello, casi pasaron a un segundo plano. Aquella noche el homenajeado tenía sotana y un Seat 600.
Don Secundino había salido a poner paz y terminó en el centro de la celebración.
Y es que, si algo nos enseña esta historia, es que cuando uno tiene cuentas pendientes y algún que otro trapo sucio, lo mejor es no meterse en fiestas ajenas ni salir a poner orden donde nadie le ha llamado. Nunca sabes cuándo alguien puede tirar de la manta y terminar montándote la fiesta a ti. Porque puedes empezar siendo el que toca las campanas y acabar siendo la campana. Y a Don Secundino, aquella noche, le tocó doblar.
