
Enrique Barrera Beitia | No sé hasta qué punto interesa a los lectores de El Departamental lo que pasa en Israel, pero he notado que en la izquierda está muy extendida la idea de que nada va a cambiar porque no hay diferencias dentro del sionismo. Lo único cierto en este prejuicio es que Israel no vota en términos de derecha-izquierda, sino primando las estrategias de seguridad.
Cuando escribo este artículo, el viernes a las 17:00 horas, se han escrutado los votos de los militares y policías israelíes. La coalición gobernante presidida por Benjamín Netanyahu queda finalmente con 53 escaños, la oposición liderada por Gadi Eisenkot tiene 48, y los dos partidos árabes obtienen el mejor resultado de su historia con 19. La importante movilización de los palestinos con pasaporte israelí los convierte en la llave del futuro gobierno. Hay que señalar que, hasta ahora, ningún partido sionista había tratado con ellos, pero es probable que este tabú se rompa y no se repitan las elecciones.
Gadi Eisenkot, que podría ser el primer primer ministro mizrají (las otras dos ramas son los asquenazíes y los sefardíes), contaría con el explícito apoyo de los partidos árabes, y parece además que lo está buscando al abrirse a una histórica negociación, ya que solo exige que se declare a Hamás como organización radical y se acepte la existencia del Estado de Israel. Es verdad que Eisenkot se opone a reconocer la existencia de un Estado palestino, pero los israelíes de origen árabe pueden simplemente declarar su apoyo a la resolución de la ONU sobre los dos Estados, y eso bastaría si son pragmáticos y renuncian al “todo o nada”.
Puede pesar en la balanza que Eisenkot está muy preocupado por el deterioro de la imagen de Israel y es partidario de poner fin a las agresiones de los colonos en Cisjordania, al tiempo que rechaza la colonización de Gaza. Cualquier compensación obtenida sería un enorme triunfo para la minoría árabe israelí, a la que nunca se le ofreció nada que no fuera el derecho a vivir, en una creciente marginalidad que nunca ha llegado a la categoría de segregación, pero que va camino de ella.
La paradoja está servida: el nuevo gobierno de Israel dependen hoy, de aquellos a quienes el sistema siempre relegó a los márgenes. Por primera vez, ya no habría ningún convidado de piedra en la Knesset.

