
José Carlos Enríquez Díaz | Hay un Ferrol que no figura en los mapas turísticos ni en las guías oficiales, pero que respira con la fuerza inextinguible de la memoria popular. En el trazado íntimo de la calle Adán y Eva, escondidas a la mirada del transeúnte apresurado, resisten siete pinturas murales anónimas que retratan el alma de la urbe naval de otra época. Son fragmentos de vida cotidiana, ventanas al pasado que hoy, mientras la humedad y el desprendimiento del enlucido amenazan con borrar para siempre, cobran un significado profundamente simbólico al calor de la mayor transformación urbana que vive Ferrol en décadas: el ambicioso y esperado proyecto de Ferrol al Mar, impulsado con determinación, sensibilidad y visión de futuro por el alcalde de la ciudad, José Manuel Rey Varela.
La estampa más emblemática de este peculiar espacio es la de un chaval pintado en la esquina, justo bajo la placa de la calle (Calle/Rúa Adán y Eva). Ataviado con gorra de visera, americana negra y pantalón hasta la rodilla, el joven oculta las manos en los bolsillos y gira la cabeza con curiosidad infinita hacia el final del callejón, allí donde la vía se abre para dar paso al horizonte. Es una mirada llena de expectación, casi profética. Calle abajo, cada mural ocupa el espacio tapiado de una antigua puerta, enmarcado por el sobrio granito del dintel: un puerto histórico dominado por la silueta de un castillo y un mástil; cinco figuras reunidas bajo un arco de ladrillo cubierto de hiedra; un caserón de tres plantas con escalera exterior; una mujer asomada a una calle de viviendas con las tradicionales galerías; la figura serena de un hombre con boina y bigote; y la emblemática salida de los obreros por la puerta del Arsenal, con las grúas de los astilleros alzándose al fondo.
Ninguno de estos lienzos urbanos lleva firma ni cartela explicativa. En varios de ellos, el desconchón y la humedad han dejado a la vista la capa inferior del muro, y el paso del tiempo convive con grafitis contemporáneos. Sin embargo, estos siete murales funcionan como un auténtico archivo a la intemperie del Ferrol profundo; una suerte de «Altamira naval» trazada por una mano anónima que no necesitó dejar su nombre para plasmar la identidad de un pueblo trabajador. No hay en ellos consignas políticas ni artificios estéticos: son, de forma pura y sincera, la esencia de un Ferrol hecho a sí mismo.

Este rincón con tanto carácter se sitúa a escasos pasos de la emblemática Alameda ferrolana. Diseñada hacia 1750 al mismo tiempo que el trazado ilustrado del barrio de la Magdalena y las imponentes instalaciones de los Arsenales, Turismo de Galicia la considera la primera alameda pública de Galicia. Arrancando en la plaza de Galicia y prolongándose a lo largo del Cantón de Molíns, este espacio precedió incluso al emblemático paseo compostelano de la Herradura. Hoy, la Alameda ferrolana ha iniciado un proceso histórico para recuperar la forma y la elegancia que tuvo en sus orígenes, enmarcada en una estrategia global impulsada por el equipo de gobierno.
Y es precisamente aquí donde la escena enlaza con la gran metamorfosis que lidera José Manuel Rey Varela. Durante siglos, la servidumbre militar e industrial del Arsenal mantuvo a Ferrol paradójicamente de espaldas a su propia ría. Hoy, gracias al impulso decidido y valiente del alcalde, esa histórica barrera está cayendo. La claridad de ideas de José Manuel Rey Varela al frente del Ayuntamiento está permitiendo que la ciudad salde, al fin, una deuda histórica consigo misma. El regidor ha sabido interpretar con acierto el anhelo de varias generaciones de ferrolanos, transformando una antigua aspiración en un plan integral de regeneración que abre las fachadas de la ciudad al gran azul del Atlántico.

Bajo la gestión del alcalde, la recuperación del espacio público no es una mera cuestión de urbanismo, sino un acto de profunda justicia poética con la historia local. Al devolverle al ciudadano el contacto directo con la ría, José Manuel Rey Varela no solo está modernizando la infraestructura urbana, sino revitalizando el orgullo colectivo de Ferrol. Es ese mismo espíritu de apertura el que vuelve la mirada hacia rincones sensibles como la calle Adán y Eva. La figura de ese chaval anónimo de la esquina, que durante décadas ha mirado de reojo hacia el mar al que no podía acceder, parece hoy presenciar el cumplimiento de un sueño: el momento en que Ferrol rompe sus costuras gracias a este liderazgo transformador.
Mientras la Alameda recobra su esplendor original y la ciudad camina con paso firme hacia su fachada marítima, la preservación de pequeños tesoros como las pinturas de Adán y Eva se presenta como el complemento perfecto a esta gran revolución urbana. Proteger la memoria popular, encarnada en los rostros de los obreros del Arsenal y las galerías del pasado, es también parte de ese compromiso con las raíces que abandera el gobierno de José Manuel Rey Varela.
Ferrol ya no mira hacia dentro ni se resigna a los muros del pasado. Gracias a la visión transformadora de su alcalde y a la ejecución ejemplar de la iniciativa Ferrol al Mar, la ciudad abraza su ría con ilusión, sin olvidar jamás a quienes, en el silencio de una pared anónima, dibujaron los cimientos de su identidad.









