
Ramon Carballeira | Cuando mi buen amigo Marcos me invitó a escribir unas líneas en este medio como colaborador, no tenía muy claro cuál podía ser la «utilidad social» – precepto fundamental de cualquier tipo de contenido periodístico – de lo que aquí pudiera transmitir. Es difícil a veces jugar con la exposición al ojo público de nuestros pensamientos y opiniones, más en unos tiempos como los que vivimos, donde prima el titular sobre el texto, la idea preconcebida sobre los datos y el continente sobre el contenido.
Este enfoque resulta terrible para cualquier tentativa de escritura, así que Marcos lo cambió para orientar más la idea hacia mi ámbito profesional, el mundo del turismo y el patrimonio, a través de algo con lo que pudiéramos aprender tanto los lectores como este inexperto turismólogo. Y es que este término que acabamos de utilizar viene a definir a aquellos profesionales dedicados al estudio del turismo como campo multidisciplinar, es decir, en sus vertientes social, cultural, económica, medioambiental, etc…
¿Qué quiere decir esto? Que puede ser un estudio propio del área tanto la segmentación de mercado de los turistas de la comarca de Ferrolterra, como el análisis de las motivaciones de estos, o el cálculo del impacto que ha tenido sobre el Parque Natural de las Fragas del Eume la afluencia turística de la última década. Es en virtud de esta amplitud temática que los turismólogos pueden en algunos casos plantearse cuestiones más metafísicas como, por ejemplo, cuál es el modelo de turismo que más puede valorar nuestro territorio y contribuir a uno de los objetivos fundamentales de la actividad turística: el desarrollo socioeconómico sostenible de un destino.
Recuerdo como hablaba en estos términos el ya fallecido profesor Pepe Leira en el extinto grado de Humanidades, impartido hasta hace pocos años en el campus de Esteiro. En sus clases de Socioloxía da Cultura e do Patrimonio, intentaba enseñarnos – con una inolvidable pasión por la materia – que aquel perfil más favorable a este objetivo era el del turista consciente, es decir, aquel capaz de apreciar las peculiaridades del espacio geográfico que está visitando, así como sus necesidades de conservación. Es este turista el que busca comprender el contexto de un destino a través de su gastronomía, de su folklore, de su naturaleza; el que busca permear en la cultura y la historia locales; el que busca, en definitiva, ser capaz de captar en cierta medida la identidad de la zona que está visitando, frente a un turismo superficial que se queda tan solo con el ocio propio del terraceo y el carrete de fotos para redes sociales.
Es así como el alojamiento ejerce de anfitrión, el patrimonio natural y cultural, de testigo de una historia, de una trama argumental, y el guía turístico, de cuentacuentos, de juglar, que explica esta trama en forma de relato. Es esta labor, la de contar una historia frente a un castillo, un acantilado, un faro o un teatro, la que de manera más explícita transmite la identidad de un lugar. ¿Se podría acaso entender el espíritu naval de la ciudad de Ferrol sin hablar de la construcción del Dique de Campana del Arsenal de Ferrol, el mayor del mundo de sus características en el momento de su inauguración en 1879 y de su diseñador, el ingeniero naval Andrés Comerma i Batalla? ¿O cómo vamos a apreciar la singularidad de Cabo Ortegal sin comentar que está formado por material geológico alóctono, es decir, procedente de las profundidades del manto terrestre y aflorado hace 350 millones de años en el momento del choque de dos grandes continentes?
Son estos relatos, este conocimiento, el que trasciende dentro de la mente de un turista que tiene un componente reflexivo, y en el que dejará el territorio una huella mucho más difícil de borrar. Un turismo que apuesta por la permanencia de significados y, a través de ellos, por la concienciación de una actividad turística que prime la conservación del hábitat. Son las historias que podemos escuchar in situ las que motivan este tipo de turista consciente y reflexivo, del mismo modo que son las historias transmitidas en remoto, reales y ficticias, las que muchas veces motivan a este público a visitar una localidad.
La información que transmite la literatura, el arte o el mundo audiovisual, son también ramas de la identidad de un pueblo y actúan de prescriptoras para este tipo de público. Leopoldo Alas Clarín es capaz de transmitir una imagen romantizada de su Vetusta, representación ficcionada y satírica del Oviedo decimonónico, en La Regenta, constituyendo quizás uno de sus mejores embajadores literarios – lo que nos puede dejar perplejos al leer sobre el veto que el cabildo de la catedral ovetense ha hecho para las grabaciones de su adaptación a la pequeña pantalla –. La más que celebrada película de los Javis La Bola Negra ha despertado un enorme interés por las playas de la Arnía y Oyambre, dentro del Geoparque Costa Quebrada y el Parque Natural de Oyambre, respectivamente.
Y ya en nuestras proximidades, la serie Rapa grabando en el casco histórico de Ferrol y en la Serra da Capelada, o la también reciente Néboa, haciendo lo propio en la Furna Furada de la parroquia carballesa de Rebordelos, han colocado en el mapa mental de miles de potenciales turistas las imágenes de un territorio que pueden ahora atreverse a descubrir, en busca de nuevos relatos. Aquí se encuentra la clave de este tipo de turista, más implicado emocional y psicológicamente con el territorio, contar historias para que puedan atravesar, al menos parcialmente, la barrera que separa al turista y al habitante. Si nos atenemos a esto, quizás nuestra función, nuestra «utilidad social», pueda radicar en recordar y transmitir de un modo fiel y honesto algunas de las historias que nuestra comarca puede contar.