Editorial-Viaje a ninguna parte: la complicidad del silencio en el transporte

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El tema del transporte es una de esas crisis crónicas en las que, al buscar responsables, la cadena no termina nunca. La realidad es insostenible: retrasos sistemáticos, promesas incumplidas y un servicio que dista mucho de ser digno. Sin embargo, el verdadero problema radica en que el colapso del sistema no es culpa de un único actor, sino el resultado de una inacción colectiva. En el tema del transporte, todos somos culpables.

La responsabilidad primera y más evidente recae sobre las instituciones. El Gobierno central y la Xunta de Galicia comparten la gestión y las competencias de las infraestructuras y las líneas que conectan a los ciudadanos. Ambas administraciones han fallado en la planificación, la financiación y la fiscalización del servicio. La gestión política se ha convertido en un ciclo sin fin de anuncios grandilocuentes y plazos que se dilatan en el calendario de forma sistemática. Los políticos son culpables por prometer lo que saben que no van a cumplir a corto plazo, utilizando las infraestructuras como mercancía electoral en lugar de como un derecho ciudadano básico. El paradigma de este engaño es el by-pass de Betanzos, una obra eternamente prometida que evitaría que los trenes tengan que realizar una absurda maniobra de inversión de marcha. A pesar de ser una infraestructura vital para acortar los tiempos de viaje, los años pasan entre trámites burocráticos y promesas de partidas presupuestarias, mientras el proyecto sigue guardado en un cajón.

Por su parte, las empresas concesionarias operan bajo una lógica que olvida el carácter público y esencial del transporte. Son culpables directas al no facilitar un servicio digno, al recortar frecuencias, con abarrotes en el interior de os vehículos, mantener flotas obsoletas y justificar los engaños y retrasos recurrentes en supuestos desajustes técnicos o falta de presupuesto. Es lo que ocurre de forma sistemática en la línea por carretera y en la ferroviaria Ferrol-A Coruña, por cierto una conexión en un estado lamentable que condena a los usuarios a viajes decimonónicos plagados de incidencias, averías y transbordos improvisados por carretera. La respuesta de Renfe ante el clamor social ha llegado a ser el colmo del cinismo, llegando a descartar el aumento de frecuencias escudándose en la «baja demanda», un argumento tramposo que ignora que los ciudadanos no usan el tren porque el servicio actual es sencillamente inutilizable. El abandono es todavía más flagrante en la antigua línea de FEVE (Ferrol-Ribadeo), un trazado de vía estrecha condenado a una degradación progresiva con constantes interrupciones del servicio, falta de personal y convoyes anticuados que aíslan de forma deliberada al norte de Galicia.

Pero el análisis se quedaría cojo si no miramos hacia abajo, hacia la propia base social. Los propios ciudadanos somos culpables al consentir la situación. La resignación se ha instalado en el día a día. Somos cómplices de este abandono colectivo: muchos por callar y tragar con la pérdida de calidad de vida, otros por no preocuparse al disponer de alternativas privadas, y el resto por canalizar la indignación únicamente a través de la queja estéril en redes sociales en lugar de apoyar masivamente las movilizaciones de colectivos como el Foro Cidadán polo Ferrocarril. Al normalizar el mal servicio, les hemos dado vía libre para seguir deteriorándolo. y dándole largas…ya saben aquello de que crear una comisión para alargar el tema y no llegar a nada.

Queda también la utilización que se hace del problema por determinados partidos políticos, algunos de sus seguidores incluyendo carlos, no se han preocupado del tema cuando ocupaban la poltrona, y ahora son los primeros en calentar el tema en redes sociales o poniéndose detrás de la pancarta «para que los vean» buscando un rédito de cara a las próximas convocatorias electorales , son como los gusanos que cuando lo huelen se acercan al cadáver

El transporte público no es un lujo; es el motor que cohesiona un territorio y garantiza la igualdad de oportunidades. Mientras la administración siga eludiendo sus competencias, las empresas sigan maximizando beneficios a costa de la calidad y la ciudadanía continúe instalada en el silencio y la apatía, el escenario no va a cambiar. Y mientras tanto, seguimos esperando en el andén de la ineficacia.

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