
Pepe Fernández del Campo | Durante los últimos meses, los precios de los alimentos han seguido aumentando, aunque a un ritmo bastante más moderado que en los años de mayor inflación. En julio de 2026, los alimentos y bebidas no alcohólicas registraron una subida interanual del 1,6 % y bajaron un 0,7 % respecto a junio, según el INE. El dato parece favorable, pero en enero de este año costaban un 38,5 % más que en enero de 2020.
La moderación de la inflación puede inducir a error. Que baje la tasa no significa que bajen los precios. Si un producto cuesta 100 euros y aumenta un 2 %, el incremento es de dos euros. Si después de varios años cuesta 140 euros y sube solo un 1,5 %, el aumento es de 2,10 euros. La tasa es menor, pero el desembolso adicional es mayor porque se aplica sobre una base más alta. Una cesta que ha pasado de 100 a 133 euros no vuelve a 100 con inflación cero. Para recuperar el precio inicial tendría que bajar cerca de un 25 %.
La OCU recuerda que los alimentos acumulan un encarecimiento cercano al 36 % en los últimos cinco años. NielsenIQ aporta una referencia todavía más gráfica. Una cesta de gran consumo que costaba 100 euros en 2019 pasó a costar aproximadamente 133 euros en 2025. Las metodologías son distintas, pero la conclusión es coincidente. Los precios suben ahora más despacio, aunque lo hacen desde una base muy superior.
La diferencia entre gasto y volumen vendido ayuda a entenderlo. NIQ calcula que el gran consumo movió alrededor de 131.000 millones de euros en España durante 2025, un 5,8 % más que el año anterior. El volumen aumentó un 2,5 % y el precio medio un 3,2 %. En el primer trimestre de 2026, el gasto volvió a crecer un 5,6 %, mientras la demanda lo hizo un 2,3 %. Para una empresa, una facturación creciente puede esconder una evolución mucho más modesta de las cantidades vendidas. Para una familia, supone destinar más dinero a una compra que apenas aumenta.
Los hábitos de compra confirman ese cambio. NIQ registró en el primer trimestre de 2026 un 10,1 % más de actos de compra y un 6,8 % menos de unidades en cada cesta. Kantar había detectado ya durante 2025 una mayor utilización de distintas cadenas y una cuota de la marca de distribución del 45,9 %, 1,7 puntos más. NIQ añade que el 44 % de los consumidores presta especial atención al importe total de la compra, el 38 % ha reducido el consumo fuera de casa y el 30 % recurre a marcas más económicas o de distribución.
Esa vigilancia del gasto se ha dejado sentir también durante el verano que ahora termina. El Barómetro de Vacaciones 2026 de Europ Assistance e Ipsos señalaba que el 77 % de los españoles tenía previsto viajar, tres puntos menos que un año antes. El presupuesto medio se situaba en 1.758 euros, prácticamente igual que en 2025, mientras que al 79 % le preocupaban la inflación y el coste de vida en los destinos. La estancia media prevista pasó de dos semanas en 2024 a 1,9 en 2025 y 1,7 semanas en 2026. ObservaTUR, con otra metodología, situaba en el 53 % la proporción de viajeros con vacaciones de una semana o menos.
No sería correcto atribuir unas vacaciones más cortas únicamente al precio de los alimentos. La economía familiar funciona como un conjunto y vivienda, energía, transporte, alimentación, ocio y restauración compiten por los mismos ingresos. Cuando una partida básica absorbe más presupuesto, queda menos margen para las demás. El Índice de Solvencia Familiar de la OCU, referido a 2025, señalaba además que al 59 % de los hogares que pudieron disfrutar de vacaciones les resultó difícil o muy difícil afrontar ese gasto.
La carga tampoco se reparte de la misma manera. Los datos elaborados por EAPN a partir de la Encuesta de Presupuestos Familiares muestran que el 20 % de los hogares con menor renta dedica alrededor del 18,7 % de su gasto a alimentación y bebidas no alcohólicas. En los grupos intermedios el porcentaje se mueve entre el 16 % y el 17,7 %, mientras que en el 20 % con mayor renta baja al 13,9 %. Si añadimos vivienda y suministros, ambas partidas absorben cerca del 60 % del presupuesto de los hogares con menor renta y alrededor del 43 % en los de mayor renta.
La diferencia se traduce en comportamientos distintos. En las rentas altas existe mayor margen para absorber una subida de los gastos básicos. En los tramos intermedios aparecen con más frecuencia la comparación de precios, las promociones, el cambio de supermercado, la marca de distribución, alguna comida menos fuera de casa o unas vacaciones más cortas. En las rentas bajas, alimentación y vivienda dejan mucho menos espacio para ajustar y el recorte termina trasladándose a la propia cesta o a otras necesidades. La OCU señalaba que al 40 % de los hogares encuestados le resultaba difícil o muy difícil comprar carne y pescado, al 31 % frutas y verduras y al 25 % productos básicos como pan, arroz, pasta, aceite o lácteos.
Para las empresas, el consumidor medio explica cada vez menos. La sensibilidad al precio depende de la renta, de la categoría y del peso de cada gasto en el presupuesto familiar. La inflación alimentaria se ha moderado, pero las familias siguen comprando sobre una cesta que acumula una subida cercana al 40 % desde 2020. Entender cuánto de una mayor facturación procede de más demanda y cuánto simplemente de unos precios más altos será decisivo para interpretar el consumo cuando termine 2026.
