Ceuta, España y la traición del poder

por Lucas Molina

Lucas Molina | Estoy seguro de que a la inmensa mayoría de los españoles le ocurre lo mismo que a mí: desconocemos los intrincados caminos, sendas o vericuetos por los que discurre la dinámica de nuestro gobierno en sus relaciones con el vecino reino de Marruecos. Aun así, los hechos ocurridos en Ceuta este último mes, parecen no ofrecer duda alguna para cualquier espectador objetivo que analice la realidad sin apriorismos: una marabunta cercana a las 100.000 personas cruzó nuestra frontera el 30 de julio, entrando ilegalmente en España, con la permisividad, connivencia, apoyo, ayuda, consejo, orden… –llámele usted como quiera– de las autoridades del país alauita. Nada se mueve en Marruecos sin la aquiescencia del poder.

Emergencia humanitaria, llaman algunos a una invasión en toda regla del territorio nacional. Burda manipulación del lenguaje que no solo ofende a la inteligencia, sino que pervierte la perspectiva de muchas personas bienintencionadas, convirtiendo al asaltante, al que viola las reglas y entra ilegalmente en nuestro territorio con fines espurios, en un sujeto digno de lástima, al que hay que ayudar y dar cobijo. Cuando el diagnóstico es erróneo, el tratamiento que se aplica es completamente ineficaz. Como el que tiene tos y se rasca la nariz.

Ceuta es España; y eso supongo que es algo en lo que todos –casi todos– estaremos de acuerdo en nuestro país. Y lo que ha pasado, ¡dejémonos de paños calientes!, es que han invadido Ceuta desde Marruecos, o lo que es lo mismo, han invadido España. Y nuestro ordenamiento jurídico tiene instrumentos suficientes para atajar esta anómala situación –por llamarla de alguna manera–; sólo hay que entender lo que está pasando, activar los mecanismos oportunos y proceder.

Lo grave, lo verdaderamente grave, es que mientras nuestro territorio nacional era invadido, el presidente del gobierno de España tocaba metafóricamente la lira, imitando a Nerón cuando Roma ardía como una tea, y decidía no suspender sus merecidas vacaciones. No conforme con ello, tuvo la desfachatez de recomendarnos cierta música y algunas lecturas para el verano, como si nada ocurriera en esta España inane e irreconocible para los que ya peinamos canas. Para desgracia de los ceutíes, de los melillenses, de los canarios y de todos los españoles, el gobierno marroquí y su rey no tienen escrúpulos, ni límites, ni siquiera prisa y nada tienen que perder en una estrategia perfectamente calculada desde hace décadas. Recordemos la llamada «Marcha Verde» que organizó el padre del actual rey de Marruecos y Comendador de los Creyentes, Hassan II, con Franco clínicamente muerto, y descubriremos sin mucha dificultad los paralelismos entre ambas situaciones.

Un gobierno agonizante y sin rumbo –el nuestro–, lleva grabado en su ADN el entreguismo traidor a cambio de su mera supervivencia, la peor situación en el peor momento. Eugenio, el genial humorista catalán del «Saben aquel ….», se preguntaba en uno de sus monólogos: ¿Hay alguien más? Esa misma pregunta, sin la menor concesión al humor, se la hacen millones de españoles en este momento, preocupados por el futuro y la supervivencia de nuestra nación.

Dudamos que quede alguien en las altas instancias dispuesto a dar el paso y defender la integridad y la soberanía de España y, al menos, poner el cargo a disposición de quien corresponda para no ser partícipe de un aquelarre en el que, desgraciadamente, llevamos inmersos ya muchos años. El alma de «oficinista» o de «funcionario» que permite que los sillones, la moqueta, los complementos pecuniarios y el coche oficial, prevalezcan sobre el innato espíritu guerrero hispano, es el culpable, en buena medida, de esta dramática situación.

Hace veinte siglos, en la época de Jesucristo, se hablaba de «treinta monedas»; hoy es prácticamente lo mismo, pero en euros.

¡Que Dios nos coja confesados!

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