El vacío del envejecimiento

por Sara Méndez
El vacío del envejecimiento | Sara Méndez

Sara Méndez | Galicia se convierte de nuevo en una de las comunidades autónomas de mayor rango de envejecimiento de la población. Ourense encabeza este “ránking” situándose como la provincia con la población más envejecida dentro de la comunidad y la segunda de toda España. De hecho, el IGE (Instituto Gallego de Estadística) alerta de que en 2039 una de cada tres personas en Galicia tendrá más de 65 años y que el índice de envejecimiento podrá superar niveles históricos.

Como en la mayor parte de los casos, este tipo de envejecimiento suele darse en puntos de enclave rural o aldeas de un número reducido de habitantes en las que la natalidad brilla por su ausencia y los jóvenes que aún residen en estos pueblos se han acostumbrado ya a conocer a sus vecinos y vecinas no sólo por su nombre, cara, o el nombre de su casa si no, también por el: “ah si, esa señora que tiene 98 años» y con ello, el asombro que les produce conocer que estos ancianos ya han visto crecer a sus padres y ahora también los están viendo crecer a ellos.

Esta misma situación lleva produciéndose muchos años en aldeas como la de Meirás (parroquia de Valdoviño). A finales de 2024, en Valdoviño se registró un porcentaje del 32% para la población que superaba los 65 años de edad y este porcentaje sólo ha ido en aumento. Estos índices reflejan que la mayoría de los jóvenes busca encontrar su trabajo y futuro en las grandes ciudades por lo que escogen lugares como Madrid y Barcelona. Aun así, los ya ancianos y ancianas siguen escogiendo los pueblos, en los que realmente ya han recorrido toda una vida en estos lugares y que realmente tanto les han marcado, por ello, cuando fallecen dejan una huella increíble, pues todos estos ancianos son conocidos por el resto de habitantes y conviven entre todos compartiendo sus tardes, los trabajos en la tierra o dejándose una pizquita de sal hoy y mañana una calabaza para el concurso de “Halloween” de los nietos en el colegio.

Los jóvenes intentan rehuir de la vida rural del pueblo pero para estos mayores la única vida que existe es esa, por lo que su ausencia en el pueblo cuando estos fallecen también es notable para los jóvenes que conocían a estos mayores y sienten la nostalgia y la pena de dejar de ver a estos ancianos paseando por las carreteras o preguntándoles: “oes, a túa abuela onde está?”, y así, pierden a un anciano que para ellos era una “leyenda” en el pueblo, una persona que creían “invencible”, pues para nosotros los jóvenes, estos ancianos siempre han estado aquí.

Así, los pueblos empiezan a vaciarse, la iglesia a llenarse y los ancianos que aún quedan en el pueblo sienten tristeza y miedo al pensar que siguen perdiendo a sus vecinos, aquellos que también han marcado sus tardes de domingo en el cine, las escapadas a las playas que envuelven el pueblo o sus propias bodas.

Y realmente, todos estos mayores destacan por lo sabiduría que les ha otorgado su edad: conocían las tradiciones y dichos, la medicina popular, el ciclo lunar, y eran capaces de reconocer cualquier dolor antes de que cualquier médico lo hiciera y esto es todo lo que verdaderamente se recuerda cuando se van.

En conclusión, y con toda esta tristeza por la pérdida de un vecino o vecina que también era un amigo con el que compartieron sus horas entre los palos de la baraja y el tapete verde en la mesa, los cafés de sobremesa o los recuerdos de las fiestas del pueblo en verano, empiezan a sentir ese vacío que estos mayores dejan, un vacío que probablemente ningún joven u otro anciano pueda llenar, excepto si tiene el honor de convertirse en una nueva leyenda nonagenaria llena de sabiduría y conocimiento para el pueblo.

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