

Sixto Gómez Echemendía y Jaime López Fernández | «Poco importan las distancias habiendo el propósito tenaz de recorrer todo el camino». Esta frase la escribió José Fontenla Leal a Manuel Murguía al recibir una de las primeras entregas del Diccionario Gallego-Castellano que comenzaba a elaborar la Real Academia Gallega con el sostén de la Asociación Iniciadora y Protectora de La Habana, cuyo iniciador y fundador fue el ferrolano. Pocas expresiones podrían resumir mejor la vida de aquel ser humano que, después de abandonar su tierra natal, dedicó buena parte de su existencia –por no decir la casi totalidad– a trabajar por ella desde miles de kilómetros de distancia.
Y quizá no haya mejor manera de comenzar esta nueva andadura en El Departamental, que pergueñar a grandes rasgos la vida de este ferrolano ilustre.
Queremos, antes que nada, felicitar a todo el equipo que ha hecho posible el nacimiento de este nuevo periódico digital que centra su punto de acción en Ferrolterra, Eume y Ortegal. No es poca cosa poner en marcha un medio de comunicación en estos tiempos y menos aun cuando se tiene el firme propósito de mantenerlo como un medio “estrictamente independiente”, en palabras de su fundador. Y es precisamente a su fundador, Pedro Emilio Sanz Sánchez, a quien queremos agradecer de manera muy especial por contar con nuestra colaboración y permitirnos incluir estas líneas en su periódico. El Departamental nace mirando a su tierra, con la voluntad de contar lo que sucede cerca y de poner a las personas en el centro. Nos parece, por ello, un lugar particularmente apropiado para hablar de quienes, aun estando lejos, nunca dejaron de mirar hacia aquí.
Esta será la primera entrega de una serie dedicada a personajes gallegos que tuvieron un papel destacado en la emigración y, muy especialmente, en Cuba. Mi compañero y coautor de la biografía de la que nace este artículo me acompaña en esta primera entrega, pero continuará después su colaboración en otras páginas del periódico. Me refiero a Jaime López Fernández. Yo seguiré intentando rescatar para los lectores nombres, historias y vidas que forman parte de esa Galicia que se construyó también desde la otra “beira” del Atlántico.
Y para empezar, creo que no podría haber otro nombre que el de José Fontenla Leal.
Un ferrolano en La Habana
José Fontenla Leal nació en Ferrol en 1864 y murió en La Habana en 1919. Entre esas dos fechas cabe una vida extraordinaria y, paradójicamente, todavía insuficientemente conocida.
Los propios investigadores que se han acercado a su figura han tenido que enfrentarse a esa paradoja. Fontenla fue un personaje fundamental para algunas de las grandes iniciativas culturales y simbólicas de la Galicia contemporánea, pero su nombre quedó relegado durante décadas a un segundo plano. Ya en 1932, otro ilustre ferrolano, Joaquín Vicente Martínez Quelle escribía que había llegado el momento de recordar a aquel «ferrolano singular» del que todos parecían haberse olvidado.
Nosotros hemos intentado contribuir a saldar esa deuda con Fontenla Leal. A Galicia pensada, publicado recientemente por la Editorial Galaxia, una biografía en la que hemos seguido las huellas de un hombre que convirtió su condición de emigrante en una forma particular de compromiso con su tierra.
Fontenla llegó a Cuba siendo muy joven junto a su padre, quizá a la edad de diez años. Allí tuvo que integrarse en una sociedad nueva, aprender a desenvolverse en un mundo diferente y construir su propia vida. Pero la emigración no significó para él una ruptura con Galicia. Al contrario. La distancia parece haber agudizado su conciencia de pertenencia.
En La Habana encontró además un espacio extraordinario para desarrollar esa pasión: el Centro Gallego. Su relación con esta institución fue decisiva tanto para su propia integración en la sociedad cubana como para muchas de las iniciativas que impulsaría posteriormente. Desde allí mantuvo también una relación estrecha con Manuel Murguía y promovió actuaciones destinadas a apoyar económicamente al gran historiador gallego.
Fontenla fue, en cierto modo, uno de aquellos emigrantes que comprendieron que marcharse no tenía por qué significar olvidarse.
La Galicia que se podía construir desde Cuba
Hoy nos puede resultar difícil imaginar lo que significaba entonces vivir en La Habana y pensar constantemente en Galicia. No había aviones que permitieran cruzar el Atlántico en unas horas. No había teléfono móvil, internet ni redes sociales. Las cartas tardaban semanas. La información viajaba lentamente. Las noticias de la tierra llegaban con retraso.
Y, sin embargo, Fontenla actuó como si la distancia no existiera. Su obsesión fue la lengua gallega. Su empeño, conseguir una institución que la protegiese y la impulsase. Esa preocupación acabaría desembocando en una de las iniciativas más importantes de su vida: la creación de una academia para el idioma gallego. Desde La Habana se convirtió en el principal impulsor y sostenedror de la institución que habría de convertirse en la Real Academia Galega.
Pero su actividad no se detuvo ahí. Fontenla estuvo también detrás de iniciativas relacionadas con los dos grandes símbolos que hoy identificamos inmediatamente con Galicia: la bandera y el himno. El 20 de diciembre de 1907, en el Teatro Nacional de La Habana, ante Tacón, se estrenó el himno gallego de Eduardo Pondal y Pascual Veiga. Posteriormente, Fontenla consiguió que fuera aprobado como himno oficial del Centro Gallego de La Habana.
Y en cuanto a la bandera, la investigación que hemos realizado permite situar un elemento fundamental en una historia que durante mucho tiempo permaneció rodeada de incertidumbres: el estandarte del Centro Gallego de La Habana de 1892, cuyo modelo guarda una relación esencial con la bandera azul y blanca que acabaría convirtiéndose en uno de los grandes símbolos de Galicia. Hay algo profundamente revelador en todo esto. Mientras Galicia estaba dormida al otro lado del océano, sus principales símbolos y proyectos de gran impacto a largo plazo se gestaban desde miles de kilómetros de distancia con un impulsor incansable.
Curros, Cabanillas y una generación de emigrantes
Fontenla no fue un hombre aislado. Su historia se cruza con algunos de los grandes nombres de la cultura gallega de su tiempo. Fue amigo de Manuel Curros Enríquez y consiguió convencerlo para que asumiera la presidencia fundacional de la Asociación Iniciadora y Protectora de la Real Academia Galega. Y tuvo también un papel importante en la trayectoria de Ramón Cabanillas. Cuando el poeta llegó a Cuba en 1910, conoció a Fontenla. Años después recordaría aquella relación y reconocería que fue precisamente él quien le animó a escribir en gallego. Cabanillas llegó a definirlo como un «gallego escelentísimo» y como el verdadero fundador de la Iniciadora.
Es difícil exagerar la importancia de estos encuentros. Porque Fontenla no fue únicamente un hombre que amaba Galicia. Fue, sobre todo, un hombre capaz de diseñar grandes proyectos y llevarlos a vía de hecho solo o acompañado. Reunió voluntades, buscó apoyos, convenció a personas, puso en marcha asociaciones y aprovechó las posibilidades que ofrecía la poderosa colonia gallega de Cuba. Y esa capacidad de movilización tuvo otra manifestación extraordinariamente importante: las sociedades de instrucción.
Los gallegos que construyeron escuelas
Una de las grandes epopeyas de la emigración gallega fue la construcción de escuelas en Galicia. Los emigrantes enviaban dinero a sus parroquias y ayuntamientos, creaban sociedades y levantaban edificios destinados a la educación. Muchas de aquellas escuelas todavía forman parte del paisaje de nuestros pueblos. Cuba tuvo un protagonismo extraordinario en ese proceso. Según los datos recogidos en nuestra investigación, 165 de las 252 escuelas promovidas por las sociedades de instrucción de la emigración gallega tuvieron su origen en tierras cubanas: más del 65 por ciento.
Fontenla participó en ese movimiento y estuvo vinculado a la fundación de Ferrol y su Comarca y a otras sociedades creadas en Cuba con el propósito de contribuir a la educación en Galicia. Esto nos obliga a mirar la emigración de otra manera. Durante demasiado tiempo hemos contado la historia del emigrante únicamente desde la perspectiva de quien se marcha. Pero existe otra historia: la de quien se marcha y, desde el otro lado del océano, sigue interviniendo en el destino de su tierra. Es la historia de las remesas, sí. Pero también la de las escuelas, las asociaciones, los periódicos, las sociedades culturales, las obras benéficas, la arquitectura y la cultura en general. Es, en definitiva, la historia de una Galicia que se (re)construyó desde América.
El «Breogán» de La Habana
Los gallegos de Cuba llegaron a ponerle un apodo cariñoso a José Fontenla: Breogán. Este sobrenombre, impulsado por Curros Enríquez, aludía a su decidido galleguismo. En otras ocasiones se le llamó «el alma más gallega de Cuba» o «el alma de Galicia en Cuba». La imagen de Breogán resulta especialmente apropiada. El personaje mitológico mira desde Galicia hacia Irlanda. Fontenla, desde Cuba, miraba en dirección contraria: hacia Galicia. Podemos imaginarlo en el Malecón, contemplando el horizonte, con el Atlántico delante y su Ferrol natal al otro lado del mar. La Torre de Hércules, de la vecina Coruña, convertida mentalmente en el Castillo del Morro. La patria real transformada en patria soñada.
Y, sin embargo, aquel hombre no se limitó a soñar. Hizo. Hizo patria. Mucho antes que otros. Ese quizá sea el rasgo que mejor define a Fontenla.
La última vuelta a casa
Después de cuarenta y tres años de ausencia, Fontenla regresó una sola vez a Galicia. Fue una visita tardía, casi un último encuentro con la tierra –incluido su Ferrol natal– que había ocupado buena parte de sus pensamientos durante décadas. Poco más de dos años después moriría en La Habana, en un hospital para pobres. Sus restos terminaron en campo común del Cementerio Colón de La Habana y, hasta hoy, no han podido ser recuperados.
Hay algo profundamente triste en ese final. El hombre que tanto hizo para que Galicia tuviera una voz, una lengua, una Academia, un himno y una bandera murió lejos de la tierra por la que había trabajado. Pero quizá haya también una forma de justicia en recordar hoy su nombre en Ferrol. Porque no debemos olvidar que Fontenla Leal era ferrolano. Y porque su historia demuestra que la historia de Ferrol tampoco termina en sus muelles, en sus arsenales o en sus calles. Una parte fundamental de ella cruzó el océano.
Volver a mirar a los que se fueron
Cuando iniciamos la investigación que acabaría convirtiéndose en la biografía de Fontenla, no imaginábamos quizá hasta qué punto aquella historia iba a llevarnos por los caminos de la emigración gallega, por archivos de Cuba y Galicia, por periódicos, cartas, asociaciones y documentos que permitían reconstruir la vida de un hombre que durante demasiado tiempo había permanecido en la sombra.
La investigación comenzó hace décadas y se fue completando con documentación localizada tanto en instituciones gallegas como cubanas. El resultado ha sido un libro, pero sobre todo ha sido una manera de devolver a Ferrol una parte de su memoria.
Por eso tiene para nosotros un significado especial que estas primeras líneas en El Departamental estén dedicadas a José Fontenla Leal. Porque este periódico nace precisamente con la voluntad de mirar cerca, de contar historias y de poner rostro a las personas que forman parte de nuestro territorio. Y pocas historias pueden ser más ferrolanas y, al mismo tiempo, más universales que la de aquel hombre que tuvo que cruzar un océano para seguir trabajando por su tierra.
Pedro Emilio Sanz y todo el equipo de El Departamental: enhorabuena por haber emprendido esta aventura. Que tengáis fuerza, paciencia y acierto para recorrer todo el camino. Y que estas páginas sirvan también para que algunos nombres que parecían condenados al olvido vuelvan a encontrar su lugar entre nosotros.
José Fontenla Leal murió en La Habana en 1919. Pero su historia sigue teniendo algo que decirnos desde aquel otro lado del Atlántico. Y quizá por eso merece la pena terminar donde empezamos, con sus propias palabras: «Poco importan las distancias habiendo el propósito tenaz de recorrer todo el camino».
