
José Carlos Enríquez | En el escenario político ferrolano se está representando una función que roza el absurdo. Ángel Mato, portavoz del PSOE local y exalcalde de la ciudad, ha adoptado una postura de fiscalización implacable. No hay iniciativa, proyecto o trámite del actual gobierno del Partido Popular que quede libre de su reproche. Desde la ejecución presupuestaria hasta el ritmo de las obras públicas, el mantenimiento urbano o los servicios de transporte, el líder socialista parece haber descubierto de pronto la receta de la eficiencia y la urgencia administrativa. Sin embargo, esta hiperactividad crítica tropieza de frente con un obstáculo insalvable: la memoria de los ferrolanos y la hemeroteca de su propio mandato.
Exigir celeridad cuando se ha gobernado desde el inmovilismo es un ejercicio de amnesia selectiva. Resulta paradójico que quien lideró un ejecutivo municipal caracterizado por la parálisis administrativa y la incapacidad para ejecutar las partidas presupuestarias se presente ahora como el adalid del dinamismo. La gestión de Ángel Mato al frente del Concello dejó un reguero de asignaturas pendientes, proyectos atascados en cajones y ejecuciones presupuestarias bajo mínimos. Obras esenciales para los barrios quedaron varadas por la falta de impulso político y la lentitud burocrática de un gobierno socialista que convirtió la indecisión en su sello de identidad.
Hoy, desde la comodidad de la oposición, el PSOE señala con el dedo cada reajuste o retraso del equipo de gobierno popular, pretendiendo hacer olvidar que gran parte de los problemas actuales son herencia directa de su inacción. Es fácil criticar el ritmo de ejecución de las grandes infraestructuras o la tramitación de licitaciones cuando se ignora deliberadamente que fue el anterior ejecutivo el que dejó caducar plazos, enredó tramitaciones urbanísticas y fue incapaz de dar salida a millones de euros de inversión programada.
El reproche constante en materia de servicios públicos y mantenimiento tampoco resiste un análisis riguroso. El déficit en las calles, la falta de personal en áreas clave del Ayuntamiento o la ralentización de concesiones administrativas no surgieron de la noche a la mañana con el cambio de gobierno. Son la consecuencia lógica de cuatro años de abandono estructural bajo el mandato socialista. Pretender que un nuevo ejecutivo resuelva en meses la inercia de cuatro años de atonía es, en el mejor de los casos, una falta de realismo y, en el peor, una muestra de cinismo político.
La labor de la oposición es fiscalizar, pero la credibilidad de la crítica depende directamente de la coherencia del fiscalizador. Cuando la fiscalización se transforma en un «no a todo» sistemático, buscando rentabilizar electoralmente cualquier tropiezo sin aportar alternativas viables ni reconocer los errores del pasado, la política se degrada. El ciudadano de a pie detecta con claridad la disonancia entre lo que se prometió (y no se hizo) desde la alcaldía y lo que ahora se exige con vehemencia desde el escaño de la oposición.