
Pablo Rivera Somorrostro | Esta semana he escuchado varias veces una idea muy atractiva:
Trabajar menos, cobrar más, pagar menos por la vivienda, pagar menos por la alimentación, tener más tiempo para vivir… y todo esto, cuidando el planeta.
Reconozco que la propuesta engancha desde el minuto uno.
De hecho, mientras la escuchaba estaba pensando: ¿Dónde hay que firmar? (Seguro que no fui el único)
Porque, siendo sinceros, ¿quién no quiere cobrar más, trabajar menos horas y pagar menos por aquello que necesita para vivir?
Yo desde luego sí.
Como padre, como empresario y como cualquier persona que llega a final de mes, me encantaría.
Y, sin embargo, cuanto más escuchaba aquellas propuestas más me venía a la cabeza una idea incómoda:
Quizá debería haber estudiado más.
Hubo una época en la que yo sabía perfectamente cómo solucionar la economía de este país. También sabía cómo gestionar empresas, cómo motivar equipos, cómo organizar el trabajo y cómo resolver prácticamente cualquier problema del mundo, si me hubieran puesto de entrenador, probablemente habríamos ganado antes un mundial… No es que fuera especialmente brillante, pero tenía veintitantos años y un optimismo desmesurado.
También tenía algo que seguro que es muy común a esa edad: no tenía ni idea de todo lo que no sabía.
Con 23 años participé en la creación de una pequeña empresa de programación. Aquella aventura breve pero intensa, me enseñó mucho más de lo que esperaba. Descubrí que tener muchos socios no significa necesariamente tener muchas soluciones. En ocasiones significa tener muchas opiniones, muchos desacuerdos y muchas formas distintas de entender el mismo problema.
En realidad, fue una experiencia fantástica… Y también una increíble cura de humildad (un reality check como dice mi hermano…)
Años después seguí trabajando por cuenta ajena hasta que, cerca de los treinta, decidí dar un paso que me producía tanta ilusión como vértigo: montar mi primera empresa de verdad (originalmente sin socios, era algo que había aprendido 7 años antes…).
Desde entonces he tenido la suerte de participar en diferentes proyectos empresariales, conocer sectores muy distintos, contratar personas, negociar con clientes, sufrir impagos, celebrar éxitos y cometer errores de los que todavía me acuerdo perfectamente (y sigo aprendiendo de ellos).
Y si algo he aprendido durante todos estos años es que la realidad siempre es más compleja que las teorías y las intervenciones de 2 minutos en Instagram.
Mucho más.
Cuando no has tenido una empresa, muchas decisiones parecen evidentes.
Si los salarios son bajos, que suban.
Si la gente trabaja demasiado, que trabaje menos.
Si la vivienda es cara, que baje.
Si los alimentos son caros, que bajen también.
Parece razonable.
De hecho, ¿quién podría estar en contra de trabajar menos, cobrar más y pagar menos?
Yo desde luego no.
El problema aparece cuando uno intenta averiguar quién paga la diferencia.
Porque la economía tiene una característica que la hace especialmente incómoda: los números no suelen obedecer nuestros deseos.
Pongamos un ejemplo de a pie.
Imaginemos una empresa que presta servicios. No importa si repara ordenadores, fabrica muebles, instala ventanas, desarrolla software o es una asesoría.
Sus costes principales suelen ser las personas.
Y eso es una gran noticia.
Porque detrás de cualquier empresa hay personas sacando adelante familias y proyectos de vida.
Pero si mañana esa empresa tiene que afrontar un incremento muy importante de costes laborales, algo tendrá que ocurrir.
O gana menos dinero (dando por hecho que gana dinero).
O sube precios.
O mejora muchísimo su productividad.
O combina varias de las anteriores.
No hay demasiadas opciones más.
Y aquí aparece una palabra que rara vez genera titulares: productividad.
Todos queremos cobrar más.
Yo también quiero que la gente cobre más.
Pero para poder hacerlo de forma sostenible alguien tiene que generar más valor.
Es exactamente lo mismo que ocurre en cualquier hogar.
Si una familia gana el doble, puede gastar más.
Si una familia gana lo mismo pero gasta el doble, tarde o temprano aparece un problema (esto me cuesta transmitírselo a mis hijos…).
Con las empresas ocurre algo parecido.
Y con la reducción de jornada sucede algo similar.
Reconozco que la idea de trabajar menos horas resulta tremendamente atractiva.
A mí también.
Como trailero aficionado, sé perfectamente lo difícil que es sacar tiempo para entrenar.
Como padre, sé perfectamente lo valioso que es pasar una tarde más con tus hijos.
Como empresario, sé perfectamente lo complicado que es encontrar equilibrio entre trabajo y vida personal.
Por eso la idea me gusta.
Mucho.
Pero cuando escucho propuestas de reducir significativamente la jornada laboral siempre me hago la misma pregunta:
¿Cómo mantenemos el mismo nivel de servicio?
Porque hay sectores donde la tecnología permite hacer más trabajo en menos tiempo.
Y eso es fantástico.
De hecho, la Inteligencia Artificial, de la que hablábamos el otro día, está demostrando precisamente eso.
Pero también existen sectores donde el tiempo sigue siendo tiempo.
Si una tienda abre doce horas al día, alguien tiene que estar allí.
Si un restaurante atiende a sus clientes, alguien tiene que atenderlos.
Si una empresa de servicios quiere seguir respondiendo incidencias, alguien tiene que responderlas.
Reducir un 25% el tiempo disponible no hace desaparecer automáticamente el trabajo pendiente.
Alguien tendrá que asumirlo.
Y eso, normalmente, tiene un coste.
Quizá por eso me resulta tan difícil creer en las soluciones mágicas.
Con los años he desarrollado cierta desconfianza hacia cualquier propuesta que promete que todos ganaremos más, trabajaremos menos, pagaremos menos y, además, nadie tendrá que asumir el coste.
No porque sea pesimista.
Al contrario.
Me considero bastante optimista.
Tan optimista como para haber emprendido varias veces en mi vida, algo que probablemente solo puede explicarse desde una mezcla de ilusión, inconsciencia y esperanza (no siempre en ese orden).
Pero precisamente por eso sé que detrás de cada avance suele haber alguien que ha tenido que resolver un problema que no aparecía en el titular.
Porque los titulares son sencillos.
La realidad nunca lo es.
Lo mismo ocurre con la vivienda.
Ojalá existiera un botón que permitiera bajar los precios por decreto.
Sería maravilloso.
Pero después de muchos años viendo cómo funcionan los mercados, las empresas y las personas, sospecho que los problemas complejos rara vez admiten soluciones simples.
Y cuanto más complejo es un problema, más prudencia me inspira quien asegura tener una solución inmediata.
Quizá por eso cada vez hablo menos y pregunto más.
Quizá por eso ya no tengo respuestas para todo como cuando tenía veinte años.
Quizá por eso, cada vez que escucho una propuesta aparentemente perfecta para resolver un problema enorme, mi primera reacción ya no es aplaudir ni criticar.
Mi primera reacción es intentar entender qué no estoy viendo.
Porque la experiencia me ha enseñado algo importante.
Las buenas ideas existen.
Las mejoras son posibles.
Las empresas pueden ser más productivas.
Los salarios pueden crecer.
La tecnología puede ayudarnos a trabajar mejor.
Y la sociedad puede progresar.
Pero casi nunca ocurre de forma tan sencilla como parece.
Por eso, cuando escucho determinadas propuestas económicas, no pienso que estén necesariamente equivocadas.
Pienso algo mucho más incómodo.
Que quizá debería haber estudiado más.
Y después recuerdo todos los años que llevo aprendiendo a base de errores.
Entonces entiendo que el problema quizá no sea el no haber estudiado suficiente.
El problema es que algunos asuntos son tan complejos que nadie debería creer que tiene respuestas fáciles para ellos.
Ni siquiera quienes llevamos años intentando entenderlos.
Porque si algo me han enseñado las empresas, los errores y los años es que casi todo en la vida tiene un coste.
Los sueños también.
Y cada vez que escucho que todos vamos a cobrar más, trabajar menos y pagar menos, me hago la misma pregunta:
¿Quién paga la factura?