Niko, ¿me dejas tu Tinder?

por Niko Sánchez

Niko Sánchez | He tenido cuenta en casi todas las aplicaciones de citas que han ido apareciendo. La primera la hice por curiosidad y la curiosidad me duró poco.

Una noche, estando de fiesta con unos amigos, fueron sus parejas las que decidieron que mi perfil necesitaba una dirección artística. Me escogieron las fotos, los intereses, la descripción y prácticamente todo lo que había que poner. Yo puse el fondo y ellas se encargaron de la dirección artística. Salí de allí con un Tinder que no sé si se parecía mucho a mí, pero por lo menos estaba bien presentado.

Tinder se quedó ahí y, con el tiempo, acabó sirviendo para algo bastante más divertido: los cromos.

Lo de los cromos viene de cuando éramos críos. Sacabas tus cromos, se los enseñabas a otro y empezaba el «sipi», «nopi». Este lo tengo, este no, este me falta. Y si había suerte, se hacía el cambio. Te pasabas la tarde enseñando tu colección y mirando la de los demás.

Con Tinder hacemos algo parecido. Sacas el teléfono, empiezan a salir cromos y volvemos al «sipi», «nopi».

Por eso mis amigos me dicen: «¿Ya estás con los cromos?». Otros me piden que les deje jugar un poco. Como cuando éramos críos y alguien te pedía la Game Boy para echar una partida al Donkey Kong.

«¿Sabes a quién vi en el Tinder?». «¿Tú tienes a esta?». «Pues a mí no me sale». «Ese me salió ayer». «Mira quién me ha salido».

Estás mirando Tinder y de repente aparece alguien que conoces de la vida real. A mí me ha pasado y normalmente no le doy más vueltas, le escribo un mensaje: «Coño, tú también estás aquí. Me alegro, mucha suerte». Eso puedo hacerlo porque tengo la versión de pago. Ya que pago, por lo menos que me dejen saludar a los conocidos.

Lo que tiene más peligro es encontrarte después con uno de los cromos por la calle, reconocerle la cara pero no saber exactamente de qué. «¿Te conozco? Ummm… no sé, me suenas. ¿Puede ser del Tinder?». Y ahí acabas de desnudar a una persona delante de treinta personas. Porque los dos sabéis perfectamente de dónde os conocéis, pero igual ninguno tenía intención de ponerlo encima de la mesa delante de todo el mundo.

Todos enseñamos nuestra mejor versión. Yo también. Si tengo una foto en la que salgo especialmente bien, esa entra. No voy a poner la que parece que llevo tres días durmiendo dentro de un coche.

Hasta ahí, normal. El problema viene cuando para enseñar tu mejor versión empiezas a necesitar un poco de ayuda. Fotos a contraluz en las que no sabes muy bien quién aparece, retoques que hacen desaparecer media cara y fotos de cuando Jordi Hurtado hacía la mili. Y ahí es cuando uno empieza a preguntarse en qué momento «arreglarse para una foto» pasa a ser publicidad engañosa. Porque una cosa es salir favorecido y otra convertir un chipirón en un calamar.

Hace aproximadamente un año hicimos un viaje largo en coche unos amigos. Entre ellos iba Paulita, la hija de unos de ellos. Descubrió que yo tenía Tinder y me pidió el teléfono. Se pasó prácticamente todo el viaje, desde el asiento de atrás, mirando los perfiles y decidiendo cuáles estaban bien y cuáles no. Yo iba de copiloto y podía verla por el retrovisor, entretenidísima con aquello.

Ella convirtió aquel viaje en una partida de Tinder. Tiempo después, un amigo separado hizo casi lo contrario: convirtió Tinder en un viaje. Se inventó «la ruta del Tinder»: una furgoneta, varias ciudades y paradas allí donde tenía alguna cita. La idea quedó en eso, en una de esas propuestas que nacen entre cañas y que, por suerte, a veces se las lleva el alcohol.

He jugado tanto a los cromos que ya estoy en las últimas pantallas. Ahí ya no salen cromos. Empiezan a salir criaturas.

Pero toda esta partida tiene un momento en el que pasa de nivel: se acaba la pantalla y toca jugar en persona.

Hablar con alguien por Tinder es una cosa y quedar es otra. Ahí llega el momento de comprobar si el cromo se parece al que habías visto en la pantalla. A veces incluso es mejor y otras veces es como cuando lo que habías pedido en AliExpress te llega a la barra de ese bar y ves que no se parece en nada a lo que habías pedido.

Hay cromos que en la pantalla no te dicen gran cosa y luego, en persona, tienen una conversación, una forma de reírse o una manera de estar que no cabe en seis fotografías y cuatro frases. He hablado con mucha gente por estas aplicaciones y tampoco he quedado con tantas, pero sí he conocido personas con las que puedes acabar riéndote del propio Tinder, de los cromos, de las fotos y de todo este invento. Al final resulta que el cromo era lo de menos. Y nosotros venga a mirar.

Porque entre tantos «sipi», «nopi», cromos repetidos, fotos de hace treinta años y algún que otro chipirón disfrazado de calamar, alguna cosa buena tenía que salir.

En unas semanas repetiré el viaje con Paulita y sus padres. Esta vez no compartimos coche, pero sí destino y sé que, en algún momento, me dirá aquello de:

«Niko, ¿me dejas tu Tinder?»

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