
Sara Méndez | Me quedé pegada a la butaca. Aún tenía dos lágrimas en las mejillas. Cogí el móvil para ver la hora. Empecé a pensar en la cantidad de chicos y chicas jóvenes que, como yo, nos limitábamos a comprender el porqué de una sociedad tan enferma en esos momentos de la historia. Me sentí afortunada. Salí del cine.
“La bola negra” creo que es una de esas películas que todo el mundo debería ver, así que, por ello, prometo no hacer ningún spoiler más que soltar alguna “fracesilla suelta”. Hay muchas películas históricas que han llenado el espacio de nuestras dudas como “El niño del pijama de rayas” o “La vida es bella” y creo que a este carrusel de historias se suma ahora este nuevo taquillazo.
Tal y cómo nos avanza su sinopsis, esta historia, relata las vidas interconectadas de tres hombres en tres épocas distintas. Tres existencias íntimamente ligadas por la sexualidad y el deseo, el dolor y la herencia, y por una de las últimas obras, inacabada, de Federico García Lorca. Todo lo que nos cuenta este pequeño resumen, es real. Conocemos a los tres personajes de una forma íntima pero también superficial. Conocemos la injusticia de la guerra, de una guerra que alejaba al soldado de quién de verdad era o quería ser y lo pegaba a su fusil y a un “arriba España” que, en muchos casos, salía de sus bocas como un aliento de supervivencia.
La película nos enseña en todo momento ese último suspiro de supervivencia, pero también la hipocresía inculcada y escondida, de esos soldados que como hombres podían bañarse desnudos en el mar, pero no podían abrazar a un amigo ni mucho menos enamorarse de otro hombre. Mientras, la mujer como siempre, quedaba relegada a un papel hostil, al silencio más injusto de todos y al bastarse con el haber nacido mujer, pero desear con todas sus fuerzas ser un hombre. Por supuesto, siempre callada, siempre correcta, siempre servicial. Y quizás ellas si podían abrazar a sus amigas, pero en ningún caso escoger de quién enamorarse.
En sus 158 minutos de duración nada sale de esa pantalla, pero todos sentimos que sí. Nos asustamos con el sonido de los disparos o las bombas, sentimos la música, nos enamoramos de los personajes, nos emocionamos y nos encantaría salir del cine sintiendo un futuro esperanzador, y no un silencio tan pesado. ¿Por qué el hombre es el mayor enemigo de otro hombre? ¿Cómo se puede llegar a hundir a una sociedad de una forma tan profunda? ¿Cómo el soldado puede creerse las mentiras envueltas en balas de pólvora y latón? Recarga, apunta y dispara.
La bola negra siempre serán aquellos que por desgracia todavía existen (y siguen multiplicándose), y creen poder escoger y crear una sociedad utópica a su antojo.
Es una historia hecha para todos nosotros, y en este caso, para todos aquellos que entienden que la película también habla de ellos. Hay muchas voces y silencios de historias pasadas que aún resuenan en las actuales, y muchas voces presentes que servirán de impulso en las futuras. Hay muchos chavales en la sala, podrían sentir la pasión de Sebastián (Guitarricadelafuente), tener la dignidad de Rafael (Miguel Bernardeu) o la indecisión de Carlos (Milo Quifes), o quizás no, pero todos están sentados mirando a una pantalla que puede describir la situación de sus bisabuelos, o por desgracia, quizás no sea algo tan lejano, quizás aún haya muchas bolas negras que arrojar por las escaleras dentro de nuestra sociedad.
“Soldadito español, soldadito valiente”, dime tú si serías menos español y menos valiente por escoger lo que de verdad quieres ser y a quien quieres y deseas querer. Dime tú si una mísera bola negra puede llegar a definirte. Compadezco esa poca libertad.
Todos esos chicos, incluyéndome a mí misma, podían escoger a quien querer sin miedo a recibir un disparo en la sien, todas esas mujeres estaban solas o acompañadas por alguien a quien ellas habían escogido, habían venido conduciendo y podían fumarse un cigarro al salir del centro comercial. Quizás la señora que tenía al lado pudo comprenderme y entender mis lágrimas pues ella misma recordaba como su padre le contaba lo poco que se le podía contar a una niña sobre la guerra.
Y ahí yo, sentada en esa butaca entendí que, aunque yo me sintiera plena de libertad muchas mujeres y hombres del mundo seguían siendo discriminados con una bola negra y que esa película había sido el pretexto, un altavoz gigante que quería que entendiéramos que esa sala de cine simplemente nos llevaba a replantearnos si seguimos en una sociedad de bolas negras y blancas.
En todo caso, ¿cuántos hombres habrán intentado dejar de amar solamente por no ser una mujer? “Puede ayudar a otra gente”. Y piensen ustedes quién debería ver esa película para que todo cambie de una vez por todas.
Todo lo que se ha luchado nos había llevado hasta esa sala de cine.
En conclusión, esta película revive “las historias de amor que aún siguen enterradas en los campos. Así que no dejes de arañar la tierra para que puedan existir más”. La historia incompleta de un poeta que también sintió el furor de esa bola negra.
Y ahora yo sólo debo decir dos cosas: a todos vosotros deciros que ojalá ninguna bola negra se vuelva a implantar en nuestra sociedad y nos aplaste, pues si me permitís el consejo, debéis replantearos todas las cosas que hoy podemos elegir ser.
Y tras este artículo sólo decir, que esta película me lanzó a la rabia, la angustia y la vergüenza y aun así estoy maravillada.
Y que, por fin, “la nieve llegó en verano”.
