
Sixto Gómez Echemendía | Hay personas como yo que escriben en los periódicos, aunque sea de manera incipiente, y otras que hacen del periodismo una forma de vida. Adelardo perteneció al segundo grupo.
Nació en Ferrol el 7 de septiembre de 1880. Apenas tres días separan nuestras fechas de nacimiento y más de un siglo nuestras vidas. Una coincidencia aparentemente menor, pero que, quizá por esas extrañas complicidades que a veces establece la historia, me ha hecho sentir siempre una particular cercanía hacia este personaje. También yo, aunque nací al otro lado del Atlántico, siempre me vi atraído por esa parte de mi historia que surgió en Ferrol, pero eso quizá lo cuente en otro artículo. El personaje que nos interesa aquí es Adelardo Novo Brocas.
Como seguramente no ha escapado a quien lee estas líneas, la familia de Adelardo no fue una familia cualquiera. Desde la cuna portaba ya el “gen” del periodista. Su padre, Victorino Novo García, había fundado El Correo Gallego en su ciudad natal. Sus tíos José y Enrique Novo habían desarrollado en Cuba una intensa actividad en el mismo ámbito, fundando Galicia Moderna y La Unión Constitucional, respectivamente, medios de prensa de gran alcance dentro y fuera de la colonia española del país caribeño. Aquella herencia familiar acabaría marcando su destino, aunque el camino hasta encontrarlo no fue sencillo.
Después de estudiar Derecho en la Universidad de Santiago de Compostela y con el “título de abogado debajo del brazo”, como él mismo declara años después, Adelardo marchó a Madrid, decidido a labrarse un futuro. En el entorno del Conde de Romanones, cuyo secretario, Manuel Brocas Gómez, era tío materno de Adelardo, el joven ferrolano encontró su primer empleo. Pero pronto descubrió que aquel mundo político no estaba hecho a su medida. La obediencia, el clientelismo y la dependencia del poder le resultaban ajenos. Su carácter no parecía encajar con el típico “chupatintas”, a las órdenes de cualquier gerifalte.
El propio Adelardo contó en una ocasión que la primera vez que el Conde lo tuteó, él también lo tuteó:
–A ver si vas a Gobernación y le dices a Quiroga Ballesteros que te dé esos nombramientos de peones camineros de Guadalajara, que estoy esperando por ellos.
–Hombre– le dije enseguida, –¿por qué no vas tú? Lo digo porque está lloviendo y yo todavía no tengo coche…
Ahí comenzó el fin de su aventura por “los Madriles”. Primero intentaron enviarlo a Cartagena, luego se decidieron por Ávila, donde se dedicaba a “dormir y hacer versos”, también por declaración suya.
Hasta que en abril 1904 tomó una decisión que cambiaría su vida para siempre: embarcar rumbo a La Habana. Allí tenía a su tía Dolores Novo y al marido de ésta, Macario Castillo Cacharro, encargado de La Unión Constitucional de Enrique Novo, después de que éste falleciera. El periódico había cambiado de nombre, ahora figuraba como La Unión Española, después de la independencia de la Isla.

La Habana de primeros de siglo era un territorio en constante mutación. Al gran desarrollo económico fomentado por la inversión de capital norteamericano se unía el deseo de una Cuba libre y todo el simbolismo que rodeaba la naciente República. A pesar de la Independencia, los españoles seguían manteniendo un protagonismo decisivo en la Isla. La mayoría de los negocios permanecían en manos de peninsulares, sobre todo asturianos y gallegos, y la emigración de estos territorios hacia Cuba lejos de frenarse se incrementó considerablemente.
En Cuba encontró Adelardo algo más que un empleo: halló su verdadera vocación. Colocado por su tío político en la redacción de La Unión Española, en apenas tres años el ferrolano se ganó el respeto de todo el equipo, lo que le permitió contar con el grueso de sus integrantes para, llegado el momento en que el periódico salió a la venta por decisión de sus propietarios, él poder crear su propio medio de prensa. Así nació el Diario Español el 1 de abril de 1907. No había grandes seguridades detrás de aquella aventura, pero sí una gran convicción: Novo estaba decidido a triunfar en su afán de convertir a su periódico en uno de los grandes órganos de prensa de la colonia española.
Los comienzos fueron casi de novela. La primera edición estuvo a punto de naufragar antes de llegar a los lectores. La composición tuvo que ser trasladada en una carretilla de mano de un taller de impresión a otro; por el camino, un tranvía arrolló a quienes transportaban las formas y los tipos quedaron desparramados. “Todo se empasteló… ¡El caos!”, recordaría Novo. Pero el periódico salió. Y con él comenzó la gran obra periodística de Adelardo Novo Brocas.
Durante años, Diario Español se convirtió en su tribuna. Desde sus páginas defendió los intereses de los españoles en Cuba, intervino en los debates de su tiempo y sostuvo una determinada idea de España. Su compromiso con Galicia también estuvo presente, aunque Novo prefirió mantenerse alejado de las luchas internas de las asociaciones de emigrantes. Aun así hay que destacar que no fue ajeno a las grandes obras emprendidadas por los gallegos en Cuba, entre ellas la más importante podríamos asegurar fue la Asociación Iniciadora y Protectora de la Real Academia Gallega, de la que Adelardo Novo fue secretario por poco tiempo. También cabría resaltar su papel en la fundación de Ferrol y su Comarca.
Pero el espacio natural de Adelardo era otro: la redacción. Allí entendió la prensa como vocación, pero también como arma pública. No un arma en un sentido violento, sino en el de la “palabra con filo”, utilizada para defender posiciones, combatir ideas, influir en la opinión y participar activamente en la vida colectiva. Con los años, su pensamiento evolucionó. Su españolismo convivió con una adhesión cada vez más consciente al republicanismo y con el entusiasmo que despertó en él la proclamación de la Segunda República. Sus más de 25 años de labor periodística en Cuba al frente del Diario Español se vieron coronados con el cariño del público, sobre todo de la gran colonia española, que daba prioridad al periódico de Adelardo por encima de otros de su clase.

Su andadura en Cuba no estuvo exenta de contratiempos. Quizá el más significativo fue la trampa tendida por Avelino Pazos Pérez, empresario propietario del Diario Español, quien junto a otros gerifaltes de la colonia española quisieron arrebatar a Adelardo su más preciado tesoro, pero éste defendió con uñas y dientes su órgano de prensa y tras encarnizados combates en el ámbito judicial salió victorioso y pudo conservar su diario. Personajes como el cubano Fernando Ortiz o el gallego Antón Villar Ponte formaron parte de aquel complot que al final resultó en un estrepitoso fracaso.
Adelardo fue un personaje extraordinario, muy querido por los hombres de bien de la colonia española en Cuba, amigo entre otros de Curros Enríquez y de Fontenla Leal. A este último, también ferrolano, lo defendió cuando tras la muerte de Castro Chané quisieron nombrar a un oscuro personaje del Centro Gallego para que acompañara los restos del Maestriño a Galicia. Al final, tras la decidida intervención de Adelardo, se consiguió que nombrasen a Fontenla delegado del Centro para el traslado de los restos.
Aunque ausente de su tierra por largos años, incluso en momentos clave como la muerte de su querida madre, Rosalía Brocas, Adelardo pudo viajar posteriormente en varias ocasiones a Galicia. Una de las más memorables para él y para su círculo más íntimo fue la del año 1914, justo antes de que estallase la Primera Guerra Mundial. En esta ocasión, Adelardo pudo reencontrarse con sus hermanas Sarah y Pilar, además de con viejos amigos de la infancia, como la familia Gallego Rodríguez del Villar, en particular con el médico Benito Gallego y su hermana Dolores, en su añorada Santa María de Neda, donde había pasado tantos veranos en su infancia. Años antes de la visita, ya le había dedicado Adelardo estos sentidos versos al río Belelle:
sumergido en tu corriente
con el alma acongojada,
a la tierra yo volvía con las fuerzas de un valiente,
con más ansias de una vida que era apenas comenzada (…)
De vuelta a Cuba, Adelardo no escatimó esfuerzos ni recursos en defender causas que encontraba justas, se erigió en defensor de los inmigrantes españoles indefensos, de aquellos que llegaban como polisones a la Isla huyendo del cruento servicio militar que los mandaba como carne de cañón a la Guerra del Rif, de la mujer gallega y española, explotada por sus propios paisanos. Sus posiciones de defensa a ultranza de estos intereses le trajeron muchos “dolores de cabeza”, llegando a provocar la ira de los mismos que en su día habían atentado contra la permanencia de Adelardo al frente del Diario Español. Sus enemigos se aliaron para que el Presidente de la República Mario García Menocal firmase el más mediático de los decretos de expulsión por “extranjero pernicioso” de los que se conocen en Cuba en el primer cuarto de siglo XX. Adelardo, tras su encarcelamiento en el Castillo de la Fuerza, fue embarcado rumbo a España, donde permanecería de 1917 a 1919. Pero su posición seguía siendo firme y su voluntad inquebrantable. Logró al final la revocación de ese decreto además del perdón, por lo que pudo volver a la Isla con la frente en alto.
Su posición política fue evolucionando con el paso del tiempo y a medida que iban cambiando los acontecimientos en España. Desde antes de la caída de la monarquía, Novo fue forjando un acendrado republicanismo. Uno de sus últimos viajes a la Península antes del regreso definitivo, el que realizó a bordo del dirigible Graf Zeppelin en 1929, siendo el primer gallego en cruzar el Atlántico por los aires, le permitió conocer de primera mano la situación que se iba gestando en su país.

Tras el triunfo de la Segunda República Española, Adelardo Novo decidió que su estancia cubana estaba llegando a su fin. La situación en la Isla también había cambiado drásticamente para los inmigrantes españoles tras la Ley de Nacionalización del Trabajo. Fue entonces cuando el ferrolano decidió regresar definitivamente a su país de origen y experimentar en carne propia lo que defendía desde la tribuna periodística. Así fue como estrenó su faceta política en España al frente de los sucesivos gobiernos civiles de Lugo, Valladolid, Teruel y, finalmente, Logroño. Allí terminó su vida. Tras el levantamiento militar de julio de 1936 fue detenido. Permaneció encarcelado hasta que, ya terminada la guerra, murió en el hospital de Logroño el 16 de junio de 1939.
Adelardo Novo Brocas nació en Ferrol, pero durante su infancia pasó largas temporadas en Santa María de Neda, junto al Belelle. Su muerte ocurrió al lado de otro río, más largo, más caudaloso y bien distante del anterior: el Ebro. Entre ambos ríos quedó una vida de compromisos, sacrificios, amor por su tierra y viajes que aún no han acabado. Sus restos, enterrados en el Cementerio Novísimo de Logroño, se hallan en paradero desconocido. La historia se repite. Ferrol sigue en deuda con algunos de sus hijos más ilustres.
Aunque físicamente ya no esté entre nosotros, gran parte de sus escritos han permanecido. Falta por rescatar su gran obra, el Diario Español, todavía dispersa en archivos cubanos. Recuperar aquellas páginas sería mucho más que rescatar un periódico que ya cuenta con más de un siglo de antigüedad: sería devolver la voz a un hombre que entendió la prensa como vocación, como tribuna y, sobre todo, como un arma pública.
Porque Adelardo Novo Brocas no se limitó a relatar la historia de su tiempo. Durante buena parte de su vida, intentó intervenir en ella desde su tribuna periodística.
