
Ana Lamas | Somos un país lleno de luces y de sombras.
Porque sí, hablamos en ocasiones de la idiosincrasia española con cierta jocosidad. Hacemos chistes sobre cómo, si en España hubiera mantas en las estaciones de autobús, como ocurre en otros países de Europa, no durarían ni cinco minutos. Es ese carácter nuestro que nos lleva a ser quienes peor hablamos de nosotros mismos, que nos hace asumir con resignación la existencia de «caciquillos» y señalar, incluso con cierta gracia, la «picaresca» como una de nuestras características patrias.
Pero yo, la verdad, creo que somos un país con corazón, lleno de personas que, ante una situación trágica, sacamos lo mejor de nosotros mismos.
Porque España es ese pueblo que se lanza a las vías para socorrer a las víctimas. Somos ese retén de bomberos que ayer sobrepasó con creces su hora de salida porque todavía había mucho que hacer.
Este país es ese farmacéutico que arrampló con todo lo que pudo de su negocio para ayudar. Ese hombre de la zona que, gracias a su conocimiento de los caminos, ayudó a la Guardia Civil a trazar un itinerario que agilizara la evacuación de las víctimas.
Somos ese alcalde abatido de un municipio y también el del colindante. Cada uno de un color político, pero ambos igualmente consternados, dando lo mejor de sí mismos y poniendo a disposición de los demás todos los recursos que sus pequeñas administraciones locales podían aportar.
Somos esos equipos sanitarios que ayer vieron el infierno en la tierra. Los equipos de emergencia que han presenciado escenas que nunca podrán olvidar. Esos párrocos que se adentraron entre hierros incandescentes para dar la extremaunción a quienes necesitaban encontrar la paz.
Somos un país cojonudo, lleno de gente trabajadora que merece, sobre todo, vivir en paz y viajar tranquila.
Hoy, a primera hora, les hablé a mis alumnos de lo afortunados que somos por haber pasado la noche en casa, junto a nuestras familias. De cómo algo que apenas unas horas antes nos parecía tan cotidiano, tan insignificante, hoy se convierte en un privilegio que quizá no habíamos sabido valorar.
Bendita normalidad.
Y a mí, una señora cualquiera que, como su país, también está llena de luces y de sombras, solo me queda enviar mi más sentido pésame a todas esas familias que ayer vivieron el peor día de sus vidas y que hoy lloran la pérdida de sus seres queridos.

