De bares y refranes

por Niko Sánchez

Niko Sánchez | Hay bares a los que uno entra porque necesita algo y todavía no sabe muy bien qué. Yo suelo entrar porque me he quedado sin tabaco, aunque lo demás viene de regalo.

Tengo un bar de esos. Un bar de pueblo, de los que no necesitan fotografías antiguas en las paredes para demostrar que tienen historia, porque la historia ya está dentro: sentada en una esquina, apoyada en la barra o discutiendo de fútbol con alguien que lleva treinta años llevando la contraria.

A mí me gustan esos bares. Quizá porque allí encuentro una cosa que cada vez cuesta más encontrar: tranquilidad. Y compañía sin la obligación de estar acompañado. Puedo sentarme, pedir cualquier cosa y quedarme un rato mirando y escuchando, dejando que el mundo siga haciendo ruido ahí fuera mientras dentro las cosas parecen tener otro ritmo.

A veces voy a matar la soledad, otras a comprar tabaco y alguna vez sospecho que voy simplemente porque allí estoy bien.

El dueño se llama Miguel. Es camarero, pero decir que es camarero es quedarse bastante corto. Es un hombre rudo, incluso peligroso, de los que han conocido noches que seguramente sería mejor no contar enteras. Viene de un mundo donde las cosas no siempre acababan bien y donde uno aprende pronto a distinguir entre lo que importa y lo que no.

Pero Miguel es un hombre bueno. De esos que no necesitan parecer buenos.

Con el tiempo se ha convertido un poco en amigo, un poco en padre y un poco en abuelo. Todo en sentido metafórico, claro. A estas alturas de la vida uno tampoco está para que le adopten.

Lo curioso es que Miguel da consejos como quien pide un café. No se sienta delante de ti para arreglarte la vida, no hace discursos ni utiliza palabras grandes. Te cuenta las cosas con una sencillez casi salvaje y, cuando quieres darte cuenta, te ha dejado una frase dentro que se queda dando vueltas.

Tiene esa clase de sabiduría que no parece sabiduría porque no necesita demostrarlo. Y quizá por eso funciona.

Luego están los clientes, porque pensar que en un bar de pueblo la gente va solamente a beber sería como pensar que en una biblioteca la gente va solamente a sentarse cerca de los libros.

Por allí pasa de todo. Por las tardes aparecen también los viejos, y cuando digo viejos hablo de gente que pasa de los ochenta con una facilidad que ya quisiéramos algunos para otras cosas. No son necesariamente grandes bebedores. Algunos probablemente podrían pasar la tarde en casa perfectamente, pero vienen al bar.

Y allí se pasan media tarde discutiendo de política, de fútbol, del Gobierno, del árbitro, de los precios, del tiempo o de cualquier cosa que se ponga a tiro. Se llevan la contraria con una entrega admirable y al día siguiente vuelven a sentarse juntos en el mismo sitio.

No necesitan convencerse. Necesitan verse. Y quizá eso sea bastante más importante.

Después está la gente que pesca. Y aquí hay una diferencia. No hablo del que un día salió al mar, volvió con una lubina y desde entonces la lubina pesa quince kilos. Hablo de gente que pesca de verdad, de gente que lleva toda la vida pescando y conoce el asunto con una naturalidad que impresiona.

Saben cuándo entrar, dónde buscar, qué hace cada especie y cómo cambia todo dependiendo del tiempo, del viento, de la marea o de la luna. No te lo cuentan para demostrar que saben. Simplemente lo saben.

Y mientras los escuchas te das cuenta de que ahí hay muchas horas de mirar, de equivocarse, de volver a intentarlo y de aprender cosas que no vienen escritas en ningún manual. Hay conocimientos que no se estudian. Se heredan, se observan o te los da la vida después de suficientes años.

Y ahí es donde empiezo a pensar que quizá hemos entendido mal eso de la cultura.

Durante muchos años los cafés fueron lugares donde se juntaban escritores, artistas, periodistas, políticos y gente con tiempo suficiente para arreglar el mundo alrededor de una mesa. Los llamábamos cafés culturales. Allí se hablaba, se escuchaba y se aprendía.

Yo creo que algunos de aquellos cafés no desaparecieron. Simplemente cambiaron de decoración. Quitaron las mesas de mármol, apagaron las lámparas elegantes, pusieron una barra y se fueron al pueblo.

Porque aquí también hay cultura, solo que nadie la llama así. Está en el que pesca y sabe leer una luna, en el viejo que lleva cuarenta años discutiendo sobre lo mismo y en el camarero que ha vivido suficiente como para saber que casi todos los problemas tienen una solución bastante más sencilla de la que nosotros creemos.

Y está también el otro Miguel.

Otro grandullón, otro hombre que conoce bien las noches complicadas y que acabó encontrando su sitio entre la ganadería, la agricultura y esa forma de vida que obliga a aprender pronto que la tierra no entiende de excusas.

Se crió prácticamente a sí mismo y la vida le ha ido enseñando a su manera, sin demasiados manuales y con alguna hostia por el camino, que suele ser como mejor se aprende.

Pero Miguel tiene una cosa que me fascina: tiene refranes. No los de siempre, sino los suyos. Se los ha ido inventando con los años, como quien va dejando pequeñas señales por el camino. Algunos parecen una ocurrencia, otros tienen una mala leche considerable y alguno, después de escucharlo, te deja callado un rato.

Porque esa es otra forma de sabiduría: decir algo aparentemente sencillo y conseguir que el que lo escucha se quede pensando en ello cuando ya está en casa.

Podría poner aquí alguno, pero no. Los refranes de Miguel merecen su propia historia. Algunos tienen detrás una vida entera y otros merecen ser escuchados antes de que algún iluminado los convierta en una frase motivacional y los ponga sobre una foto de un atardecer.

Así que esa historia queda para otro día.

Hoy me quedo con el bar, con los viejos que vienen por la tarde a discutir, con los que pescan de verdad y saben leer el mar sin necesidad de levantar la voz, con Miguel detrás de la barra y con el otro Miguel soltando alguna de las suyas.

Y me quedo también con esa sensación extraña de haber entrado a comprar tabaco y haberme llevado, sin pedirlo, un poco de compañía.

Quizá por eso vuelvo. No siempre necesito hablar. A veces me basta con estar. Y cuando se acaba el tabaco, uno ya tiene otra vez una excusa para volver.

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