
Antes de empezar una cosa, que luego alguno se me enfada. El Aristocutre no es el Ferrolancio. Pueden coincidir en un club, en una terraza o tener algún amigo en común, pero son otra cosa. El Aristocutre viene de familia de rancio abolengo, o eso cuenta, y se mueve siempre con los mismos. No es muy de mezclarse con gente nueva. Si no te conoce desde pequeño, mejor que tengas un padre, un hermano o por lo menos un conocido que le explique quién eres. Su mundo es pequeño y está encantado con él. Tiene su club, su pádel, sus amigos de siempre, los niños por ahí y una caña a un euro. ¿Para qué va a querer más?
Vienen muchas veces de familias numerosas, de tradición militar, y lo de rancio abolengo lo llevan bastante bien. O eso creen ellos. Son aspirantes a cayetanos. Les gustaría tener finca, caballo y una cuenta corriente que no les obligase a mirar el precio del menú, pero bueno, tampoco se puede tener todo.
El club es su hábitat natural. Allí juegan al pádel, toman cañas, comen, ven el fútbol y dejan a los niños sueltos por ahí. Y como la cuota es baja, hay que amortizarla. El Aristocutre no deja un azulejo sin aprovechar. Si puede pasar allí el sábado entero y gastar cinco euros, vuelve a casa con la sensación de haber hecho un buen negocio.
Entre semana, macarrones con tomate frito Solís. De marca, ojo. Que una cosa es ser austero y otra perder las buenas costumbres. El fin de semana, menú del día barato en el club para los padres y bocata de mortadela para cada dos niños. Que compartan. Eso también educa.
Redes sociales tienen pocas. Tampoco hay mucho que enseñar. ¿Otra foto del pádel? ¿El sofá de skay? ¿Los náuticos? ¿El chaleco? El Aristocutre no necesita Instagram. Ya tiene el grupo de WhatsApp del club.
El coche también dice bastante. Familiar, de quince años, cuidado como si fuese un clásico y con intención de que llegue a los veinte. Cambiarlo antes sería tirar el dinero. Y tirar el dinero no entra dentro de sus costumbres, salvo que sea para una boda y entonces ya se verá.
Porque las bodas, bautizos y comuniones son importantes. Allí se juntan las familias de siempre, se saludan los de siempre y se ponen al día de los de siempre. Al final alguien pregunta por los niños y dice aquello de “qué mayores están”, aunque lleve diciendo lo mismo desde hace diez años.
La ropa es otra cosa.
El macho y la hembra visten prácticamente igual. Tejano de corte clásico o chino, camisa de rayas de marca, cinturón con banderitas, náuticos con más kilómetros que el Transiberiano y chaleco de pluma sin pluma. La pluma se fue hace años, pero el chaleco sigue ahí. Como los primos.
Ellas, en verano, tienen una ropa de baño que parece sacada de un anuncio de Coca-Cola de los años cincuenta. Solo falta el señor del bigote ofreciéndoles una botella por veinticinco pesetas.
Los niños parecen vestidos con ropa de sus bisabuelos. Aquí una prenda no se tira. Se hereda, se vuelve a heredar y cuando ya no puede más se guarda por si acaso.
Juegan al pádel, naturalmente. Pero en su club. Siempre en su club. Y después salen vestidos de la ducha, con el chino, la camisa y los náuticos, como si acabaran de ganar Roland Garros y no hubiesen jugado contra los mismos tres de siempre.
Y el fútbol, en el sofá de skay. Un sofá con más solera que el vino de las bodas de Caná. Caña de un euro, partido y los niños corriendo por el club.
No necesitan mucho.
Su club, sus amigos de siempre, el coche familiar y una buena historia de la familia.
Al final no es que vivan en su club. Es que el club, con los años, ha acabado viviendo en ellos.
