El Recuncho Kanalla: Fauna ferrolana. Las divinas de la muerte

por Niko Sánchez

Hay una especie de fauna ferrolana que me fascina. No porque no exista en otros sitios, sino porque aquí tenemos una peculiaridad: se juntan todas. Una se separa, conoce a otra, la otra conoce a la de la peluquería y, cuando quieres darte cuenta, ya hay pandilla, grupo de WhatsApp, terraza fija y controlado quién se divorció, quién volvió, quién está “con uno” y quién se ha hecho algo en la cara aunque jure que no se ha hecho absolutamente nada. Son las divinas de la muerte. Ellas se ven como protagonistas de Sexo en Nueva York; la realidad está más cerca de Las chicas de oro, pero con terraza y gin-tonic.

Han pasado los cincuenta, pero han decidido que cumplir años es cosa de otras. Peluquería, uñas, pestañas, algún pinchacito y ácido hialurónico en los labios. “Yo no me he hecho nada”. Claro, mujer. Y yo soy Brad Pitt. Son glamour de todo a cien con delirios de jet set: gafas de imitación, bolso de AliExpress, reloj que pesa más que vale y joya de oro pagada a plazos. Por dentro, gazpacho del Mercadona y croquetas congeladas; por fuera, actitud de marquesa. La jet set de la freidora de aire.

Con el dinero viven en otra dimensión. Una está esperando la pensión del ex pero acaba de volver de Marbella. Bueno, de Portonovo, pero contado por ella parece que ha atracado en Mónaco. Y luego está la casa del ex: el piso de noventa metros con galería de aluminio se convierte, después del divorcio, en una finca con piscina olímpica, pádel, gimnasio, bodega y helipuerto. Tú sabes que el hombre trabaja en una asesoría y conduce un Passat del 2011, pero según ella vive como un jeque. Y ninguna pregunta dónde aterriza el helicóptero. Las mentiras de las amigas se respetan.

Con los hombres ya entramos en la literatura fantástica. Uno les sonríe y hay química. Les pide fuego y “estuvimos hablando toda la noche”. Luego desaparece y no es que no estuviera interesado: es que ella lo cortó.

Y aquí aparece la palabra estrella: PAILÁN. Si no las mira, pailán. Si mira demasiado, baboso. Si mira y aparta la mirada, tímido. Si no escribe, pailán otra vez. Puedes estar tranquilamente tomándote una caña y, como no hayas girado la cabeza para admirar semejante acontecimiento, ya eres un pailán.

Y luego salen. Pero no salen exactamente para disfrutar. Salen para que los demás vean que todavía están para disfrutar. Esa es la diferencia. Tardeo, concierto, festival, terraza de moda… están más pendientes de quién las mira que del grupo que toca. Una puede llevar dos horas con los pies reventados, el bolso debajo del sobaco y el gin-tonic caliente, pero si un tío se gira y dice “qué guapa”, ya ha amortizado la noche.

Una divina no va a un sitio: hace acto de presencia. Mira quién está, quién falta, quién se ha separado y quién está más guapa. Luego se coloca. De espaldas a la sala no se sienta ni Dios. La terraza es su Instagram, pero con testigos.

Tres copas después tienen veinticinco años otra vez. Una baila reguetón como si le fueran a fichar y alguna acaba descalza por la Magdalena con los tacones en una mano, el bolso en la otra y la dignidad haciendo autoestop. “Es que no aguanto los tacones”. Normal, cariño. Llevas cinco horas intentando demostrar que todavía estás para una vida que tu podólogo considera deporte extremo.

Y al día siguiente, foto. Porque la noche no termina al llegar a casa: termina cuando queda demostrado que estuvieron estupendas. No salen para disfrutar; salen para que parezca que disfrutan.

Entre ellas se critican que da gusto. “¿Viste lo que se hizo?”. “Se está pasando”. “Y ese vestido”. “Horrible”. Pausa: “Pero está guapísima”. Porque una cosa es poner verde a una amiga y otra dejarla sin autoestima. Se necesitan. Y por eso la recién separada entra como quien entra en una secta: “Tú vente con nosotras”. En dos semanas ya dice “estoy fenomenal”, “paso de hombres” y “qué pailán”. Otra para la colección.

Lo mejor es que todas saben que las otras exageran. Saben que la finca no tiene helipuerto y que Marbella era Portonovo. Pero nadie dice nada. Tú no dices que mi ex vive en un tercero sin ascensor y yo no digo que el tuyo no tiene un duro. Hoy por ti, mañana por mí.

Porque esa es la verdadera gracia: no viven la vida que tienen, viven la vida que cuentan.

Se creen Sexo en Nueva York, pero con una galería de aluminio, una pensión del ex, un grupo de versiones de Los Secretos y una mesa de terraza con sombrilla de Estrella Galicia.

Y ellas, por supuesto, están estupendas.

Luego llegan a casa, se quitan los tacones, las pestañas, se miran el ácido en el espejo, abren el Mercadona y cenan gazpacho y croquetas.

Estoy convencido de que cuando esto llegue a sus oídos, el autor será inmediatamente catalogado como PAILÁN.

Y a mucha honra.

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