El Recuncho Kanalla – El ferrolancio

por Niko Sánchez

Hay gente que escribe para cambiar el mundo. Otros para denunciar injusticias, remover conciencias o conseguir que alguien piense durante cinco minutos en algo que no sea la hipoteca. Yo, de momento, aspiro a bastante menos: que os entretengáis un rato y, si puede ser, que se os escape una carcajada antes de que terminéis de leer.

Y así nace este Recuncho Canalla, un pequeño rincón donde pienso dedicarme a observar esa cosa maravillosa que tenemos los humanos: nuestra capacidad infinita para hacer el ridículo con una seguridad en nosotros mismos que ya quisieran muchos ministros.

No pretendo sentar cátedra, ni repartir carnés de buena conducta, ni mucho menos provocar divorcios, enemistades familiares o que alguien deje de saludarme por la calle. Mi única intención es entretener, meter un poco el dedo en la llaga y, de vez en cuando, retorcerlo un poquito por si la llaga estaba demasiado cómoda.

Aquí habrá personajes, tipos, costumbres, manías y criaturas de esas que uno se encuentra por la vida y piensa: «Esto no puede ser verdad».

Pues sí.

Y algunos serán inventados.

Todos los personajes que aparezcan en estas páginas son fruto de mi imaginación, de mi mala leche y de unas cuantas horas de observación. Cualquier parecido con personas reales será pura coincidencia.

O no.

Pero, por favor, que nadie se sienta aludido. Y si alguien se siente aludido, que tampoco se enfade demasiado: quizá simplemente haya tenido la mala suerte de reconocerse en el espejo equivocado.

Porque aquí no se viene a señalar a nadie.

Se viene a reírse.

De los demás, sí.

Pero sobre todo de nosotros mismos, que es una costumbre bastante más saludable y, además, sale gratis.

Para inaugurar este pequeño rincón he elegido una especie autóctona, perfectamente adaptada a nuestro ecosistema y que lleva generaciones reproduciéndose con una salud envidiable.

EL FERROLANCIO

Después de años de observación, muchas conversaciones —alguna involuntaria— y demasiadas horas viendo pasar fauna por las terrazas de Ferrol, creo que ha llegado el momento de catalogar una especie que, incomprensiblemente, todavía no aparece en ningún libro de «Coñecemento do medio». Me refiero al «Ferrolancio», raza que resulta de mezclar al ferrolano puro con el rancio común y que, aunque puede encontrarse en otros puntos de la geografía, en el centro de Ferrol ha desarrollado unas características propias que lo convierten en un ejemplar peculiar y bastante reconocible.

No es necesariamente rico, ni necesariamente militar, ni siquiera tiene que tener un apellido largo de esos que no caben en el DNI. Solo necesita una cosa: estar convencido de que por nacimiento le corresponde un poquito más que al resto.

El Ferrolancio tiene un hábitat bastante concreto. Se mueve con comodidad por determinados clubes sociales de genética controlada, comidas familiares, restaurantes donde el camarero lleva tantos años que ya sabe lo que vas a pedir antes de que abras la boca y, sobre todo, por las terrazas de la calle Real.

Las terrazas de la calle Real merecen capítulo aparte porque allí se puede observar al espécimen en su máximo esplendor. Diez personas alrededor de una mesa, dos cafés y una botella de agua que probablemente lleva allí desde la época de la botadura del Urquiola en la vieja Astano.

Nadie tiene prisa. ¿Para qué? El mundo puede esperar mientras allí se decide quién se ha separado, quién tiene dinero, quién lo ha perdido, quién se ha vuelto a casar, quién tiene un hijo que «salió muy bien» y, asunto especialmente importante, quién se ha venido arriba sin tener categoría para ello.

Porque el Ferrolancio no cotillea.

El Ferrolancio hace auditorías sociales.

Una de las características más interesantes del ejemplar es su relación con la genealogía. El Ferrolancio no necesita tener un currículum porque dispone de un árbol genealógico. Su abuelo fue comandante, su bisabuelo tenía una casa en no sé dónde, su tío conocía personalmente a un ministro y una prima segunda fue muy amiga de una señora que, según parece, tenía muchísimo dinero.

Todo eso forma parte de su patrimonio moral.

El hombre puede haber pasado treinta años haciendo lo mismo que hacemos todos, pero resulta que su bisabuelo fue alguien y eso, de alguna manera que todavía no ha conseguido explicar ningún científico, le proporciona autoridad.

Es la única especie conocida capaz de convertir un antepasado muerto en un mérito personal.

El apellido, en estos casos, funciona como una especie de Visa Oro que nadie puede ver pero que él enseña constantemente. No hace falta decirlo entero. Basta con soltarlo en una conversación y observar cómo se produce ese pequeño silencio alrededor de la mesa.

Si además el apellido aparece acompañado de un «mi padre conocía mucho a…», ya podemos dar por terminado el estudio.

El Ferrolancio ha empezado a desplegarse.

Y ojo, que no hace falta que su familia haya sido realmente importante. Basta con que él crea que lo fue. La grandeza familiar puede crecer muchísimo con cada generación. El bisabuelo empezó teniendo una buena casa y, después de pasar por tres sobremesas y un par de gintonics, termina siendo prácticamente el fundador de la ciudad.

Otra característica del Ferrolancio es que él no opina, él sentencia.

No dice «a mí me parece». Eso sería demasiado democrático.

Dice «eso es así».

Y si le preguntas por qué, puede contestarte con cualquiera de estas maravillas: «porque yo conozco esto», «porque llevo toda la vida aquí», «porque sé de qué familia es» o la inapelable «porque eso antes no pasaba».

El Ferrolancio puede no tener ni idea de lo que está hablando, pero lleva cincuenta años en Ferrol y considera que eso equivale a un doctorado en cualquier materia. Medicina, urbanismo, economía, política, hostelería, relaciones internacionales o comportamiento humano.

Todo lo domina.

Si un día le preguntas por física cuántica, lo más probable es que empiece diciendo que «ahora está todo muy cambiado».

Porque el Ferrolancio vive en un lugar maravilloso llamado Antes.

Allí había más barcos, más comercio, más trabajo, más respeto, más educación y, sobre todo, la gente sabía cuál era su sitio.

Nunca hubo enchufes, nunca hubo caciquismo, nunca hubo miserias, nunca hubo gente mediocre ocupando puestos por ser amigo o familiar de alguien y jamás, absolutamente jamás, hubo un mamarracho con apellido que se creyera más que nadie.

Por eso tampoco lleva especialmente bien que alguien haga algo nuevo. No porque sea malo. Simplemente porque no lo ha hecho alguien de «los de siempre».

Si un tipo de fuera llega, monta un negocio, funciona y empieza a irle bien, la primera reacción es:

«Bueno, vamos a ver».

Si sigue funcionando:

«No sé yo».

Y si encima le va de puta madre:

«A saber quién está detrás».

Esta última es maravillosa porque permite sospechar de cualquier éxito sin necesidad de aportar una sola prueba.

Y si el protagonista además es joven, no tiene apellido conocido y se le ocurre organizar algo diferente, entonces ya tenemos al Ferrolancio mirando por encima de las gafas de sol como quien acaba de detectar una especie invasora.

Lo realmente divertido es que el Ferrolancio necesita saber de quién eres antes de decidir qué piensa de ti.

No qué haces.

De quién eres.

Esa pregunta tan ferrolana que parece inocente pero que contiene todo un sistema de clasificación social: «¿Y tú de quién eres?».

Porque dependiendo de la respuesta puedes pasar de ser un completo desconocido a ser «ah, hombre, entonces ya sé».

Y si no eres de nadie, peor.

Si no existe un padre, un abuelo, un primo o un cuñado que permita colocarte en el mapa, eres una especie de archivo sin clasificar.

Y el Ferrolancio no lleva bien los archivos sin clasificar.

Lo curioso es que esta criatura no tiene por qué ser de derechas, ni de izquierdas, ni rica, ni pobre, ni militar, ni civil. Hay ferrolancios para todos los gustos.

Incluso hay ferrolancios de primera generación, que tienen un mérito extraordinario porque han conseguido desarrollar el rancio sin que ningún antepasado les haya dejado instrucciones.

Es puro talento.

Tampoco confundamos al Ferrolancio con alguien que está orgulloso de su familia. Faltaría más. Hay personas que tienen una historia familiar impecable y la cuentan con cariño sin utilizarla para mirar a nadie por encima del hombro.

El problema empieza cuando uno cree que lo que hicieron sus muertos le concede derechos sobre los vivos.

Y aquí es donde uno acaba pensando en Torrente Ballester y en aquel Ferrol que retrató con tanta mala leche en «La boda de Chon Rekalde». Una ciudad de familias, rangos, apariencias, matrimonios, relaciones, jerarquías y gente extraordinariamente pendiente de quién era quién.

El Ferrolancio actual quizá ya no necesite uniforme ni bastón ni casa solariega.

Le basta con un SUV de segunda mano pegado a plazos , una terraza y tres apellidos bien colocados.

El mecanismo es prácticamente el mismo.

Ha cambiado el decorado, pero no el argumento.

Al final, creo que el Ferrolancio es menos un personaje que una manera de mirar.

Mira al pasado para sentirse importante, mira al vecino para compararse y mira al que viene de fuera para decidir si tiene permiso para estar aquí.

Vive pendiente de quién eres, de dónde vienes y de quién conoces. Lo que hayas hecho tú después ya es secundario.

Y mientras él sigue en una terraza de la calle Real, con diez personas alrededor y dos cafés, hablando de cómo Ferrol ya no es lo que era, resulta que hay gente haciendo cosas, equivocándose, acertando, montando negocios, organizando historias, creando cosas y consiguiendo que esta ciudad siga teniendo vida sin pedirle permiso a ningún apellido.

Así que quizá habría que dejar de preguntarnos tanto quién fue nuestro abuelo.

Porque el abuelo ya hizo su vida, para bien o para mal.

La pregunta incómoda es otra.

¿Y Tú qué has hecho con la tuya?

Y si la respuesta tarda demasiado, no pasa nada.

Pide otro café.

Total, ya lo paga la mesa de al lado.

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