
Niko Sánchez | He tenido la suerte de disfrutar de este torneo desde dentro, viendo pasar durante todo el fin de semana a cientos de chavales. Y cuando tienes tantas horas de fútbol por delante, acabas fijándote en cosas que igual se te escaparían desde la grada.
Estos pequeños vienen con mucho más aprendido de lo que parece.
Y no hablo solo de fútbol.
El pelo, las botas, los gestos, las celebraciones, las poses…
Son muy presumidos.
Mucho.

Aquí cada uno tiene su personaje. Hay peinados que necesitan más preparación que una final de Champions y chavales que caminan por el campo con una seguridad que ya quisiera más de uno con veinte años y representante.
Y luego está el aura.
Eso que dicen ahora.
Hay niños que todavía no han terminado de crecer y ya tienen más aura que medio vestuario de Primera.

Me pareció ver que cada niño de los equipos portugueses llevaba un Cristiano Ronaldo dentro.
Y luego están los italianos.
Que hacen de italianos desde que nacen.
Gestos, intensidad, protestas, miradas al árbitro, manos arriba…
Todo en su sitio.
Y competir, compiten.
Madre mía si compiten.
Un balón dividido parece una cuestión de Estado. Un gol se celebra como si acabasen de ganar la Champions y perder un partido puede provocar una crisis diplomática.

Aquí nadie viene a pasar el rato. Vienen a ganar.
Y los padres tampoco se quedan atrás.
Son una especie de hooligans con buenos modales.
Gritan, animan, sufren, celebran y viven cada jugada como si estuvieran en un estadio de Primera.
Pero con educación.
Y eso se agradece.
Porque después de tantas horas de fútbol, tantos equipos y tanta gente, hay algo que destaca tanto como la competitividad: el respeto.
En el campo y en la grada.

Se puede querer ganar muchísimo y seguir saludando al contrario. Se puede protestar una jugada sin perder las formas. Se puede celebrar un gol sin convertir al rival en enemigo.
Y eso, visto desde dentro, da gusto.
También me ha sorprendido otra cosa.
El móvil.
No lo he visto. O prácticamente no lo he visto en todo el fin de semana. Cientos de niños juntos durante horas y las pantallas sin llevarse el protagonismo. Están a otra cosa: jugando, corriendo, hablando, mirando qué pasa en el campo de al lado, esperando el siguiente partido y, por supuesto, intentando ganar.
Y yo, la verdad, me lo he pasado pipa.

El selfie con los chavales del Sporting de Braga lo dice todo. Esa energía, esas caras, esas ganas… ahí está todo.
Porque después de verlos durante horas intentando ser futbolistas, tener aura, hacer sus celebraciones y ponerse esa cara de estrella que tan bien les sale, llega el momento de ganar y ahí pasa algo precioso: se les olvida el personaje. Se abrazan, se tiran al suelo, saltan, gritan, se buscan y se ríen como locos. Durante unos segundos ya no hay Cristiano Ronaldo, ni estrella, ni aura, ni pose.
Solo hay niños disfrutando como niños.
Y quizá sea eso lo que más me ha gustado de todo este torneo: verlos jugar a ser estrellas y descubrir que, cuando ganan, todavía saben dejar de jugar a serlo.

