Días de forros, Plastidecor y la mejor hamburguesa de mi vida

por Ana Lamas

Ana Lamas | Tengo que reconocer que este principio de curso me ha arrollado con furia. Ha sido mi primer inicio como profesora oficialmente, a lo cual sumamos algunos coletazos del trabajo anterior y otras obligaciones familiares, por lo que acabé encontrándome una de las primeras noches de septiembre, a eso de la una y media de la madrugada, forrando los libros de la peque con mejorable destreza. Y ahí te paras a pensar en esos papás de familias más numerosas y con más rollos de forro.

Bueno, el caso es que entre todo esto recordé con pánico que marido estaba de cumple al día siguiente y que ni regalo tenía. Lo que sí tenía era la promesa a la enana de que íbamos a llenar la casa de globos para papá (socorro, ¿dónde encuentro yo globos ahora?).

El marido, más sobrepasado todavía que yo por los primeros envites del curso, me dijo que ni cumple ni leches, que si eso nos íbamos a cenar los tres sin salir del barrio y arreando, que ya hemos tenido verbena medio verano.

Y ese motivo es el que me trae hasta aquí. Cuando empecé esta columna pensé que sería muy chulo aprovecharla también para comentar negocios locales, así que hoy he decidido contaros cómo, un atropellado viernes de septiembre, probé la mejor hamburguesa de mi vida.

A escasos metros de la universidad está Con Xeito, donde tienen pizzas, hamburguesas y otras cosas de picar que, sinceramente, no os recomiendo perderos.

El marido y yo compartimos unos nachos con pulled pork, salsa de queso cheddar, nata agria, guacamole y jalapeños que nos trasladaron a la otra punta del mundo, porque de viaje de novios nos dedicamos a pedir nachos por todo cuanto restaurante de la costa este pisamos. Nosotros, animales de costumbres.

Probamos también la hamburguesa barbacoa y para la peque pedimos una cheeseburger clásica. Madre mía, qué cosa más rica. El pan brioche, el punto de la carne… En fin, poco más que decir: que, si no lo conocéis, vayáis cuanto antes.

Comentaros que nosotros solemos ir temprano a cenar, por lo que encontramos sitio sin problema, pero, viendo cómo se llenó enseguida, os recomiendo reservar. El precio, muy razonable; y las raciones, generosas.

Y así, uno de esos días atropellados de septiembre, entre libros, Plastidecor a los que poner el nombre y más trabajo, acabó siendo, después de una cena rica y un par de cervecitas, un día maravilloso en familia.

A veces no hace falta organizar demasiado, solo atinar con el sitio y, por supuesto, la compañía.

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