¿Seguiremos los españoles siendo como somos?

por Enrique Barrera

Enrique Barrera | ¿Cómo somos los españoles? ¿Hay un denominador común que nos defina? Una cosa es cómo nos ven los demás, otra cómo nos vemos nosotros mismos, y una muy distinta cómo somos en realidad, pero la pregunta verdaderamente trascendental es si seguiremos siendo como somos.

Las discusiones entre españoles no están diseñadas para resolver conflictos, porque sentimos la invencible necesidad de corregir al otro. Oímos lo que nuestro interlocutor dice, pero no lo escuchamos porque estamos preparando la respuesta. De hecho, es frecuente interrumpir o ser interrumpido. Cuidar demasiado el lenguaje te cataloga como una persona que no va de frente, y eso resulta sospechoso. No es de extrañar que confundamos la hospitalidad con la educación: somos hospitalarios, pero maleducados.

Nuestras ciudades y pueblos, con tantas plazas, bares y espacios públicos, están diseñados para pasear y terminar coincidiendo con las mismas personas una y otra vez. A los bares no entramos solo para beber. Asímismo, procuramos acabar pronto las comidas para alargar las sobremesas. Dedicamos mucho tiempo a interactuar socialmente; de hecho, pasamos el día saludándonos. Tal vez por esto, salvo que entren en liza la política o el fútbol, las conversaciones permiten encarrilar, en mayor o menor medida, las desavenencias concretas. Esto explica que no haya demasiadas denuncias entre vecinos.

Nos define más nuestra forma de vivir como denominador común que los límites territoriales o los idiomas que hablamos. Hay un pacto social implícito, al margen de las normas escritas, y por eso somos más de improvisar sobre la marcha que de planificar. Las discusiones descarrilan ante lo abstracto, pero al ser tan frecuentes, minimizamos sus consecuencias. Nos gusta creer que esto es una muestra de tolerancia cuando, en realidad, es puro utilitarismo. Pasa algo parecido con la valoración de las instituciones políticas. Usar palabras gruesas y desconfiar de ellas es una norma de obligado cumplimiento para todo español. Sin embargo, también aquí sabemos separar la institución, como entidad abstracta, de las personas concretas que la atienden, quienes tienen rostro y cuyo trato, en general, valoramos positivamente.

Nuestro bienestar social no se entiende sin la implicación de los abuelos en el cuidado de los nietos, y sin otras redes solidarias que funcionan de forma invisible, pero esta generación de abuelos está desapareciendo y no tiene relevo. De momento, convivimos razonablemente bien con nuestras contradicciones, que son muchas, y la sangre pocas veces llega al río, aunque todo es cuestión de tiempo si se mantiene el creciente clima de hostigamiento político en las calles. Se daría entonces la paradoja de que aquellos que cargan contra los “malos españoles” terminarán con la forma de vida que es común a todos los españoles.

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