
Por Ana Lamas | Mis padres se conocieron en Valalha —aka Ozono, Zebra o Velvet, según la época; pero para ellos, Valalha—. Evidentemente, con esos antecedentes, yo tenía que ser de salidas nocturnas tanto como el camión de Urbaser.
El asunto de la marcha local nunca ha sido constante en sus localizaciones y creo que aquí, en vez de distinguirnos por generaciones, deberíamos hacerlo por pistas de baile. Décadas separan a los bailarines de Xolda de los de La Nave.
Tenemos cincuentones antiguamente abonados al Micro y cuarentones que cantábamos a pleno pulmón en un añorado Rompeolas. Si nos vamos un poco más atrás, podemos pensar en los bailes del Libunca, que conozco por las andanzas de mi abuelo Manolo y mi abuela Julita.
En multitud de ocasiones he escuchado a esa generación que ronda los cincuenta hablar de La Nave. Parece ser que contaba hasta con autobús propio para llegar a A Cabana y, por la nostalgia con la que la recuerdan quienes estuvieron allí, debieron de ser memorables aquellas tardes y noches.
Yo esa parte no la viví. Soy de la quinta que empezó tomando algo en la zona antigua de Esteiro, pateó mucho la calle del Sol y tuvo como templo, por encima de todos, el Rompeolas.
Capítulo aparte merece, para mi generación, El Caimán, que pocos recordarán. Café para los muy cafeteros. Abría los sábados por la tarde en plena plaza de Armas, pero tenía cierto aire clandestino y una inolvidable mezcla de olor a tabaco y Malibú con piña. Cuando demolieron el aparcamiento, recuerdo ver aparecer aquella pared de imitación a roca, de color naranja chillón, y sentirmerepentinamente invadida por la nostalgia de mis quince años y unas mallas amarillas.
El caso es que a muchos ferrolanos se nos puede ubicar perfectamente por zonas de ocio, garitos, discotecas o antros en general. Y está muy bien, ¿eh? Porque cuando estás en la cola del Mercadona y te suena la cara de la chica que tienes delante, siempre acabas pensando que te tiene que sonar de salir por Ferrol.
Bueno, pues en este afán mío de elaborar una cronología histórica ferrolana a base de discotecas y pubs me he dado cuenta de que, llegados a cierto punto, pierdo completamente el hilo.
Sé dónde bailaban mis abuelos, sé dónde se conocieron mis padres y podría hacer un mapa bastante preciso de dónde perdimos la dignidad los de mi generación. Incluso soy capaz de seguir el rastro de los que vinieron inmediatamente después.
Pero, de repente, llego a los veinteañeros de hoy y no tengo ni idea.
Supongo que salen. Supongo que bailan. Supongo también que se miran, ligan, se enamoran y hacen todas esas cosas que llevamos haciendo los seres humanos desde mucho antes de que existieran La Nave, el Micro, Valalha o Instagram.
Quizá simplemente han cambiado los sitios. O las costumbres. O puede que la que haya cambiado sea yo y haya alcanzado esa maravillosa edad en la que una empieza a desconocer dónde están los jóvenes un sábado por la noche.
Mi padre tampoco entendía qué sentido tenía que, con dieciocho años, cogiese un autobús y recorriese cien kilómetros para acabar en LP45, en Ordes. Por
aquel entonces pensaba que era él quien no entendía nada. Ahora empiezo a sospechar que simplemente me ha llegado el turno.
Así que no pienso cometer el mismo error.
Solo quiero que alguien me resuelva una duda:
ahora, ¿dónde se va a bailar?

1 comentario
Creo que somos de quintas similares pero yo creo que Al Caimán le llemaba Zyklo así que puede que haya unas estaciones entre nostoros.
Hoy, por lo que yo veo, la gente (de nuestra edad) sigue viviendo magdalena y amboage siendo la Lola y el Baco (donde antes era fax) los dos imprescindibles.