
Por Marcos López Balado | Hay una forma de gobernar que consiste en confundir la desaparición de un problema de los titulares con la desaparición del problema mismo. Comunicación frente a gestión.
El Gobierno de España, sin mayoría parlamentaria suficiente y sostenido por unos socios que van «a su rollo» porque necesitan marcar perfil propio para no diluirse, parece haber encontrado en la comunicación su principal instrumento de supervivencia política. Gestionar el titular. Ganar el día. Construir un relato capaz de justificar una legislatura cuya razón de ser resulta cada vez más difícil de explicar más allá de su propia continuidad.
El 31 de julio, apenas horas después de que decenas de miles de personas hubieran atravesado la frontera española, Pedro Sánchez acudía a Ceuta y anunciaba que el Estado movilizaría todos sus recursos para recuperar la normalidad «cuanto antes».
Según ha relatado Juan Jesús Vivas, Sánchez se comprometió entonces a que Fernando Grande-Marlaska permanecería en la ciudad hasta que Ceuta recuperase la normalidad. También le propuso una comparecencia conjunta que habría proyectado públicamente una imagen de crisis superada. Vivas se negó.
E hizo bien. Porque Ceuta no había vuelto a la normalidad pero al día siguiente el Ministro del Interior le dijo «tú la llevas» y abandonó la ciudad tras manifestar que la mayoría de personas que habían entrado ilegalmente se habían marchado por donde habían venido y que el problema estaba solucionado.
Veintiséis días más tarde seguimos hablando de miles de personas pendientes de identificación, acogida o retorno; de instalaciones improvisadas; de recursos públicos sometidos a una presión extraordinaria; y de una población exhausta. Con un presidente autonómico que ya no habla de dificultades, sino de una ciudad «en la UCI».
¿Está o no está solucionada la situación? ¿Estamos asistiendo a un enfrentamiento de comunicación entre políticos? Pues evidentemente, no. A ambas cuestiones. Que se lo digan a los ceutíes.
Todos los días vemos todos en las noticias que el problema está lejos de solucionarse, aún hoy. Y la prueba definitiva de ello es que el propio Gobierno cambia de estrategia y ahora establece un mando único para escenificar que se está encargando de una situación que, hasta hace nada, negaba.
La pregunta resulta inevitable: si hoy hacen falta medidas extraordinarias, ¿qué normalidad creíamos estar recuperando hace veintiséis días?
O… ¿por qué Juan Jesús Vivas había solicitado recurrir a la Ley de Seguridad Nacional el mismo 30 de julio… y entonces no se hizo, pero se hace ahora casi un mes después?
Ceuta representa así algo más que el fracaso de una determinada política migratoria. Expone una manera de entender el ejercicio del poder demasiado acostumbrada a gestionar el impacto inmediato, la imagen y el relato, pero mucho menos preparada para enfrentarse a problemas cuya solución exige planificación, previsión y sentido de Estado.
Es solo un ejemplo más. Lo han hecho con un apagón del que seguimos sin recibir las explicaciones adecuadas, tras enturbiar y hablar de sabotaje ruso, de las grandes eléctricas, etc. O de un accidente de tren donde la prioridad fue intentar controlar el relato y la cronología, o sin rubor ir a esconder o llevarse las pruebas con nocturnidad y alevosía. Literalmente. Todo vale.
Pedro Sánchez no es un gestor ni un ideólogo, es la cabeza de un ejecutivo muy eficaz en la política comunicativa, el relato y la batalla del día a día, pero que cuando aparece un asunto que afecta a soberanía, seguridad nacional, control territorial y relaciones con Marruecos, descubre que esas cuestiones no se resuelven con comunicación política.
Y los últimos acontecimientos nos dan munición factual para sostener esa tesis sin necesidad de exagerarla. Robles afirma que el CNI detectó una comunidad en redes de unas 180.000 personas, que existía una convocatoria para entrar en Ceuta el 30 de julio y que el día 29 se trasladó información a la Delegación del Gobierno y a las Fuerzas de Seguridad. Marlaska sostiene que no existió un informe o alerta que permitiera anticipar una entrada masiva de esas características.
Esto nos plantea preguntas muy incómodas. Si el Estado sabía, ¿por qué no actuó? Y si el Estado no sabía, ¿por qué no fue capaz de saberlo?.
Porque una frontera no se protege con una rueda de prensa. La soberanía no se garantiza con un eslogan. Y una crisis de seguridad nacional no deja de existir cuando deje de abrir los informativos.
Veintiséis días después… y todavía con el agua al cuello.
Y ya hablaremos de Marruecos otro día…
