
Niko Sánchez | Hay cosas que uno acaba dando por hechas. Que en agosto habrá fiestas. Que habrá una orquesta berreando hasta las tantas. Que alguien pondrá una carpa donde el año pasado había otra. Que habrá vermú, niños corriendo detrás de las varillas de los fuegos y algún paisano diciendo que antes todo estaba mejor. Y que en Valdoviño habrá carrilanas.
Pues igual no.
La Baixada de Carrilanas a San Mamede acaba de celebrar su XXVIII edición. Veintiocho años haciendo que unos cacharros con ruedas bajen una cuesta a toda hostia mientras el resto mira, anima y cruza los dedos para que todo llegue abajo. En 2026 fueron 56 los participantes y el recorrido volvió a ser el de 1.207 metros entre O Graño y San Mamede, dentro de una prueba puntuable para los circuitos gallego, estatal y europeo.
Y ahora puede que se acabe.
Uno de los organizadores explica que, después de 28 años, han decidido plantarse. Algunos de los componentes de la organización pasan ya de los 60 años y alguno de los 65 y, según señala, no hay una generación suficiente que venga detrás para hacerse cargo de todo lo que supone montar la Baixada.
Y aquí hay una cosa curiosa. Para el Concello de Valdoviño, las carrilanas son bastante más que unos cacharros bajando una cuesta. En su propia web las define como «una de las propuestas festivas imprescindibles» del municipio, habla de miles de seguidores y destaca el trabajo de la asociación organizadora para conseguir que la prueba sea puntuable para el Campeonato de España. En 2026 volvió a presentar oficialmente la carrera desde la Casa do Concello y la propia administración municipal señala que la prueba es una de las citas importantes del calendario estatal de esta modalidad.
En el convenio de 2025, además, el Concello justifica su colaboración económica porque la actividad contribuye a la promoción turística, al desarrollo económico del municipio y a potenciar el deporte de calidad.
Vamos, que cuando toca vender Valdoviño, las carrilanas son cojonudas.
La pregunta es qué pasa cuando toca poner la pasta.
Porque una cosa es bajar una carrilana y otra bastante distinta conseguir que todo esté preparado para que pueda bajar. Hay que contratar carpas, conseguir bebidas, encargar pan, montar instalaciones, organizar la seguridad, preparar los premios, coordinar servicios y pagar un montón de cosas antes de que el primer cacharro se asome por O Graño.
El convenio firmado entre el Concello de Valdoviño y la Asociación Baixada de Carrilanas a San Mamede para 2025 estableció una subvención municipal de 6.000 euros. El documento recoge además diferentes compromisos municipales relacionados con premios, logística, transporte, instalaciones, baños, agua, limpieza, seguridad y apoyo de personal. El sistema de pago establecía un 75 % después de la firma del convenio y el 25 % restante una vez justificados los gastos.
Hasta aquí, los papeles.
Desde la organización aseguran que todavía tienen dinero pendiente de cobrar correspondiente a 2025 y que esa situación les obliga a adelantar dinero para poder pagar a los proveedores. Y ahí es donde la teoría administrativa se encuentra con la vida real: al de la carpa no se le puede decir que ya cobrará cuando llegue la subvención. Al que sirve la bebida, tampoco. Ni al del pan.
Una asociación puede organizar una fiesta por afición, pero difícilmente puede funcionar indefinidamente como banco de sus propios proveedores.
Y lo curioso es que las carrilanas no parecen precisamente una fiesta en decadencia. En 2025 Valdoviño acogió el primer Campeonato del Mundo de Carrilanas y reunió a 54 participantes. Un año después, la XXVIII edición volvió a reunir a 56 pilotos y mantuvo su presencia en los calendarios gallego, estatal y europeo.
El problema, por tanto, no parece estar en la carrera.
Está en todo lo que hay que hacer para que la carrera exista.
Porque cuando una fiesta funciona, parece que las cosas aparecen solas. La carpa aparece, la cerveza aparece, la música aparece, la carretera está cortada, los baños están puestos y la gente llega. Lo que no se ve son los meses anteriores, las llamadas, los papeles, las facturas y la gente poniendo tiempo y, en ocasiones, dinero de su bolsillo para que durante tres días todo parezca fácil.
Hasta que un día esa gente dice que ya no puede seguir.
Veintiocho años después, las carrilanas pueden echar el freno.
No porque hayan dejado de correr.
Sino porque los que llevan casi tres décadas haciendo que corran empiezan a necesitar que alguien coja el relevo.
Y de momento, según explican desde la organización, ese relevo no parece estar garantizado.
