Lo sé porque llevo escuchándolo toda mi vida.
Íbamos a morir cuando aparecieron los ordenadores. Íbamos a morir cuando Internet empezó a entrar en nuestras casas. Íbamos a morir cuando los teléfonos móviles se convirtieron en una extensión de nuestra mano. Y ahora, según algunos titulares, nos toca morir por culpa de la Inteligencia Artificial.
Si uno dedica unos minutos a leer ciertas noticias o a navegar por algunas redes sociales, da la sensación de que entre 2028 y 2030 las máquinas tomarán el control, nos quitarán el trabajo, manipularán nuestras decisiones y, con un poco de mala suerte, acabarán gobernando el planeta.
No voy a decir que sea imposible. La historia nos ha enseñado que hacer predicciones sobre el futuro es una actividad arriesgada. Pero antes de cancelar las vacaciones del próximo verano o empezar a construir un refugio subterráneo (algo de lo que podríamos hablar en otro momento), quizá convenga recordar algo importante: llevamos más de dos siglos anunciando el fin del mundo tecnológico y, de momento, el ser humano sigue teniendo la molesta costumbre de sobrevivir.

Cada generación ha tenido su propia gran amenaza.
Cuando apareció la máquina de vapor, hubo quienes pensaron que destruiría millones de puestos de trabajo. Cuando llegó la electricidad, muchos la veían como algo peligroso e innecesario. Con los automóviles se pronosticó el colapso de sectores enteros. Más tarde fue Internet. Después las redes sociales. Más recientemente, los teléfonos inteligentes.
Y ahora es el turno de la Inteligencia Artificial.
Lo curioso es que, en la mayoría de los casos, los pesimistas y los optimistas se equivocaron al mismo tiempo.
Los primeros porque el desastre nunca llegó tal y como lo imaginaban.
Los segundos porque tampoco supieron prever la magnitud real del cambio.
Internet no acabó con el comercio. Lo transformó.
Los móviles no acabaron con las relaciones humanas. Las modificaron (siendo padre de un hijo adolescente… para algunos las modificaron mucho…)
La informática no eliminó el trabajo. Cambió la forma en que trabajamos.
Y probablemente ocurra algo parecido con la Inteligencia Artificial.
No hace falta ir a Silicon Valley para verlo. Está ocurriendo ya en nuestros despachos, empresas y en las casas de nuestros vecinos.
Llevo bastante tiempo utilizando herramientas de IA prácticamente todos los días. No porque tenga robots trabajando en mis empresas ni porque haya automatizado por completo mi trabajo. La utilizo para algo mucho más sencillo y mucho más valioso: ganar tiempo.
Por poneros algún ejemplo… Recibo más de cien correos electrónicos al día. Algunos requieren atención inmediata. Otros terminarán convirtiéndose en tareas. Otros contienen información relevante para un proyecto en marcha. Y muchos son simplemente ruido.

La Inteligencia Artificial me ayuda a clasificarlos, resumirlos y priorizarlos. Me permite identificar rápidamente qué necesita una respuesta urgente, qué puede esperar y qué corre el riesgo de quedarse olvidado en una bandeja de entrada interminable.
También me ayuda con algo que seguramente muchos lectores conocen bien: los contratos infernales.
Esos documentos de decenas de páginas escritos en un lenguaje que parece diseñado para que nadie los entienda a la primera. La IA es capaz de analizarlos, resumirlos y señalar aquellos puntos que merecen una atención especial. (Imaginaros poder analizar rápidamente esa página de condiciones cada vez que nos registramos en algún servicio o descargamos una app gratuita…)
No toma decisiones por mí.
No firma contratos.
No asume responsabilidades.
Pero me permite dedicar menos tiempo a buscar la aguja en el pajar y más tiempo a decidir si esa aguja puede acabar causándome un problema.
Lo mismo ocurre cuando preparo una reunión, elaboro un informe o necesito comprender rápidamente un tema sobre el que no soy especialista.
Y aquí conviene hacer una aclaración importante.
La Inteligencia Artificial no siempre tiene razón.
El padre de un amigo mío solía decir que en los exámenes «lo que se sabe se pone y lo que no se sabe se inventa».
Con la IA ocurre exactamente lo mismo.
A veces ofrece respuestas brillantes.
Y otras veces se inventa auténticas barbaridades con una seguridad digna del mejor político en campaña electoral.
Por eso nunca debería sustituir al pensamiento crítico.
La información hay que contrastarla.
Las conclusiones hay que verificarlas.
Y las decisiones deben seguir tomándolas las personas.
La IA es una herramienta extraordinaria para orientarnos, pero la responsabilidad sigue siendo nuestra.
Hay algo que he aprendido durante estos últimos años utilizándola de forma intensiva.
La Inteligencia Artificial es un multiplicador.
Cuando la utiliza un profesional competente, multiplica su productividad.
Cuando la utiliza alguien sin criterio o sin conocimientos, multiplica sus errores.
La herramienta es exactamente la misma.
La diferencia sigue estando en la persona.
Por eso creo que el debate está mal planteado cuando nos preguntamos si la IA va a sustituir a los seres humanos.
La pregunta correcta es otra:
¿Qué valor aportaremos los seres humanos cuando las tareas repetitivas dejen de ocupar gran parte de nuestro tiempo?
Seamos sinceros. Muchas de las actividades que hacemos cada día son necesarias, pero aportan poco valor.
Buscar información dispersa.
Clasificar documentos.
Resumir textos.
Ordenar datos.
Preparar borradores.
Revisar decenas de correos similares.
Es el tipo de trabajo que yo llamo, con todo el cariño del mundo, trabajo de «mono entrenado»: tareas pesadas, repetitivas y consumidoras de tiempo que alguien tiene que hacer para llegar a la parte realmente importante.
Si una herramienta puede ayudarnos a realizar esas tareas en una fracción del tiempo, quizá deberíamos celebrarlo.
Porque entonces podremos dedicar más energía a aquello que realmente nos hace humanos.
Pensar.
Crear.
Tomar decisiones.
Conectar personas.
Resolver problemas.
Liderar equipos.
Aportar criterio.
La mejor demostración de todo esto la viví hace poco en casa.
Mi pareja veía estas herramientas con cierto escepticismo (es una forma muy elegante de expresarlo). Un día decidí enseñarle algunas de las cosas que podría hacer en su trabajo gracias a utilizar la IA.
Cómo preparar una reunión.
Cómo organizar información.
Cómo gestionar el trabajo de los equipos.
Cómo automatizar tareas repetitivas.
Cómo utilizar la IA como punto de partida para enfrentarse a una hoja en blanco.
Al principio le escribía y le pedía cosas como si no quisiera molestar.
Unas horas después tenía en la cara la misma expresión de un niño con un juguete nuevo.
Una mezcla de sorpresa, entusiasmo y ambición.
La expresión exacta era algo parecido a:
«Voy a dominar el mundo».
Me hizo mucha gracia.
Pero, al mismo tiempo, creo que resumía perfectamente lo que está ocurriendo.
No porque vaya a dominar el mundo.
Ni porque la Inteligencia Artificial vaya a resolver todos nuestros problemas.
Sino porque de repente descubres que muchas de las tareas que consumían tu tiempo pueden hacerse de otra manera. Que te puede dar otro punto de vista, o simplemente abrirte caminos que ni siquiera conocías y que ahora puedes valorar.
Y eso resulta tremendamente liberador.
No sé qué ocurrirá dentro de diez años.
No sé si la Inteligencia Artificial acabará siendo la mayor revolución tecnológica de la historia o simplemente una herramienta más de las muchas que han transformado nuestras vidas.
Tampoco sé cuántos empleos desaparecerán ni cuántos surgirán.
Lo que sí sé es que el cambio ya está aquí.
Y también sé que la humanidad lleva siglos demostrando una extraordinaria capacidad para adaptarse.
Por eso, cada vez que escucho una nueva predicción sobre el inminente fin del mundo provocado por la Inteligencia Artificial, me viene la misma reflexión a la cabeza.
Quizá la pregunta no sea si las máquinas acabarán haciendo muchas de las tareas que hoy realizamos las personas.
Quizá la verdadera pregunta sea qué vamos a hacer nosotros mientras eso ocurre.
Si vamos a quedarnos observando el cambio desde la barrera.
O si vamos a intentar comprenderlo y aprovecharlo.
Porque si algo nos enseña la historia es que las personas que prosperan no suelen ser las más fuertes ni las más inteligentes.
Suelen ser las que mejor se adaptan.
Y eso, afortunadamente, sigue siendo algo profundamente humano.
