
Se cumplen este 4 de septiembre cinco años en los que la diócesis de Mondoñedo-Ferrol cuenta con un nuevo pastor, Fernando García Cadiñanos, «una gracia de Dios«, señalan los que le conocen, un amigo y una persona entregada a los demás n los que piensa día tras día.
Con motivo de esta fecha, su quinto aniversario como obispo y pastor diocesano, Fernando García Cadiñanos ha dado a conocer un mensaje dirigido a toda la diócesis, a unos y a otros..bajo el título de «Cinco años sembrando con vosotros»
Mondoñedo-Ferrol, 4 de septiembre de 2026
Hoy hace cinco años que estoy con y para vosotros y vosotras. Me parece una fecha redonda para compartir algunos de los sentimientos que me envuelven en
este día y mirar hacia atrás en el camino compartido juntos. Mi objetivo es tratar de descubrir la huella de Dios y su paso en la sencillez de cada día y percibir
cómo Él va haciendo historia a través de nosotros.
Lo primero que surge en mi corazón es la acción de gracias: “El Señor ha estado grande con nosotros y estamos alegres” (Salmo 126,3). Quiero dar gracias a
Dios por el regalo que me ha hecho de haberme puesto en vuestro camino y entrelazar nuestras vidas en el proyecto de amor que Él tiene para con nosotros.
Sin duda, son muchas las pruebas y los motivos de esta acción de gracias. Aunque nuestra Iglesia de Mondoñedo-Ferrol es humilde y sencilla, con muchas
fragilidades y retos que bien conocemos, hay muchos elementos pequeños que manifiestan la belleza y grandeza de esta comunidad de creyentes. Quizás,
metidos en la cotidianeidad de cada día y mezclados con nuestros complejos, somos incapaces de percibirlos y descubrirlos. ¡Es en lo pequeño y en lo sencillo
en lo que Dios va construyendo su Reino! Dios, que se ha encarnado, se esconde en lo aparentemente inútil. Y es en la acogida de estas realidades donde
podemos acrecentar nuestra necesaria esperanza.
Os invito a mirar todas esas cosas pequeñas que nos hacen grandes y, sobre todo, fieles al proyecto del Señor. Por ejemplo, hemos de valorar la entrega servicial, silenciosa y fiel de los sacerdotes de nuestra diócesis en la construcción de las comunidades; los encuentros mensuales de estos sacerdotes en Mondoñedo
como instrumento de fraternidad, estímulo en la misión y cultivo de la espiritualidad. No podemos olvidarnos del testimonio de tantas presencias de
comunidades religiosas, a lo largo y ancho de nuestra diócesis, abriendo sus iglesias para la oración o sirviendo a los más pobres, especialmente a la infancia
y familias vulnerables.
También debemos resaltar la energía y alegría de nuestros voluntarios, tanto en Cáritas como en Manos Unidas, pastoral de la salud, proyecto de trata y pastoral penitenciaria, siempre pendientes de crear fraternidad; así como los encuentros diocesanos donde se palpa la eclesialidad, salpicados a lo largo del curso, y que son tan bien acogidos.
Muy especialmente destaco el amor a sus comunidades cristianas de tantas personas que las sirven desde funciones tan importantes como abrir las iglesias, tenerlas limpias y acogedoras; el cariño de los miembros de Campamento Diocesano por ofrecer esta iniciativa tan preciosa; el testimonio de fe de catequistas y otros agentes de pastoral, así como de cristianos sencillos; los encuentros precedentes y posteriores en los atrios, tras las celebraciones litúrgicas, que derrochan vida y deseos de encuentro; los procesos realizados en la formación de adultos, especialmente con los adultos que quieren recibir el bautismo, la confirmación o el matrimonio; en general, las celebraciones litúrgicas dominicales; el acompañamiento a los enfermos, ancianos, familias, etc. Me parece que hemos de valorar especialmente los esfuerzos realizados en las UPA por unirnos más allá de nuestras parroquias en comunidades más amplias y de talla humana., así como las significativas iniciativas de primer anuncio para salir de los entornos de los “de siempre”.
No debemos olvidar tampoco la acogida a los peregrinos que pasan por nuestra diócesis realizando el Camino de Santiago y las iniciativas de pastoral juvenil, en
sus encuentros semanales o extraordinarios, como voluntad de querer acompañar la vida de los jóvenes. También es bueno valorar los espacios de religiosidad
popular, en torno a nuestros santuarios, romerías y cofradías, como oportunidades hermosas de descubrirnos una Iglesia misericordiosa, acogedora y sensible.
Sin duda, cada uno de vosotros podríais añadir a esta larga lista realidades sencillas y pequeñas que nos descubren la presencia de Dios y la belleza y
grandeza de esta Iglesia concreta de Mondoñedo-Ferrol. Es verdad que no son expresiones totalmente puras y limpias, que tienen claroscuros, como todo lo que
vivimos en este tiempo de purificación en camino a la plenitud, pero son los signos elocuentes del Reino entre nosotros.
Os confieso que estos cinco años se me han pasado volando. Os agradezco enormemente, tanto a nivel personal como institucional, vuestra acogida,
disponibilidad y cercanía en todo momento, que me han ayudado a querer ser “un gallego de Burgos”, como me dijo monseñor Antonio Valín el día de mi
ordenación episcopal cuando, en calidad de administrador diocesano, me daba la acogida en vuestro nombre. Os pido perdón también por las veces que os
haya podido ofender o escandalizar, o por las expectativas que haya podido defraudar.
Desde mi deseo de aprender y construir con vosotros, en permanente fidelidad y con espíritu de servicio, quiero volver la vista atrás para recordar procesos que
hemos iniciado y que tenemos que seguir consolidando. Es necesario hacerlo para que nuestra Iglesia sea luz y fermento en esta época nueva que estamos
engendrando. Desde luego que todos estos procesos están edificados sobre los cimientos, el trabajo y la siembra de tantos que nos han precedido. Los desarrollo
brevemente en cuatro palabras.
La primera palabra es sinodalidad. Sin duda, nos ha acompañado estos cinco años en comunión con la Iglesia universal. No es una simple expresión, es una
forma de ser y edificar la Iglesia desde la “corresponsabilidad diferenciada”.
Me alegran enormemente los procesos que hemos iniciado para el diaconado permanente y para los ministerios laicales: ojalá en cada unidad pastoral surjan
estas personas que, junto al ministerio ordenado, sean un núcleo estable y formado de cara a la evangelización. Igualmente miro con esperanza la existencia de equipos en los que, tanto en órganos de gobierno, como en comisiones de sostenibilidad, de delegaciones o de consejos, ayudan a expresar que nuestra Iglesia la construimos y formamos entre todos.
La segunda palabra es evangelización. Esta es la misión de la Iglesia y en ella está empeñado el obispo. A lo largo de este tiempo hemos puesto en funcionamiento la Escuela de Evangelización como espacio formativo, de encuentro, de diálogo, de búsqueda. Sin duda, la apuesta por este tipo de lugares donde los adultos dialoguemos sobre la vida a la luz del Evangelio es fundamental y necesaria. Hemos de saber dar respuesta, con imaginación y creatividad, pero también fomentando la coordinación y la comunión interparroquial, arciprestal y diocesana, a los deseos de trascendencia que alberga hoy nuestra sociedad.
Una tercera palabra ha estado en mi horizonte: acompañamiento. Surge de la urgencia de la comunión. Reconozco que no es fácil, pero es muy necesario.
Acompañar a los presbíteros, especialmente a los más ancianos, a las personas que componen las delegaciones, los arciprestazgos, las comunidades
parroquiales, la vida consagrada, las cofradías. Desde esta clave se entienden la visita pastoral, los nombramientos en equipos sacerdotales, los encuentros con el
profesorado de Religión y la educación católica, la reflexión sobre la celebración del domingo y los estatutos de la casa sacerdotal, los encuentros constantes y
permanentes, entre otras cosas.
La última palabra es futuro. Se trata de preparar el futuro: esta es nuestra responsabilidad. Un futuro que esperamos con esperanza desde la constitución
del Seminario Interdiocesano y el despertar y acogida de nuevas vocaciones y sacerdotes venidos de otros lugares. Este futuro pasa ineludiblemente por una
mayor presencia y participación laical, desde la renovación de la iniciación cristiana y la presencia de Acción Católica y otros movimientos; un futuro que se
asienta desde la experiencia personal del encuentro con Jesús y su Evangelio en experiencias de primer anuncio y catecumenado. Se trata de un futuro que será
esperanza para nuestra sociedad si sabe ponerse en diálogo con el mundo, como hemos hecho en la semana social y en otros momentos de escucha; un futuro que
será evangélico si se vive siendo sensible a la dignidad de la persona, la caridad universal y los dolores de nuestro mundo en clave de misericordia, como lo hemos
expresado con la apertura del piso para personas reclusas, la existencia de una Vicaría para la Caridad o la Mesa de Coordinación de Infancia y Familia; un futuro que se construye con estructuras más acordes a los nuevos tiempos (reducción de arciprestazgos, aprobación de estatutos para cementerios, Cáritas, Consejo de Asuntos económicos y cabildo catedral, obras e infraestructuras, Fondo de Sustentación del Clero).
Gracias a todos por vuestro testimonio, vuestro apoyo y cariño, por el camino compartido y los procesos en los que nos encontramos en marcha. A veces
podemos sentir el abismo de las tormentas desde esta barca eclesial en la que navegamos. Una vez más, el Señor nos invita a confiar, a tener fe en Aquel que
acompaña nuestro caminar. Ante un nuevo curso que comienza, todos estamos invitados a participar y colaborar. Esta Iglesia es también tuya: te invito a seguir
construyéndola juntos para bien de nuestro mundo. Te invito a conocerla, a amarla, a vivirla.
Que Nuestra Señora de los Remedios y san Rosendo sigan acompañando nuestro caminar. Tu hermano y amigo,
Fernando García Cadiñanos
Obispo de Mondoñedo-Ferrol