
Ferrol vio nacer el 25 de septiembre de 1875 a una de las figuras más deslumbrantes del arte universal: Fernando Álvarez de Sotomayor y Zaragoza. De noble alcurnia gallega e hijo de un marino que falleció cuando el artista era apenas un niño, su destino parecía ligado al mar, pero el arte tenía otros planes. Tras trasladarse con su familia a Toledo, el joven Fernando descubrió su verdadera vocación bajo la tutela de José Gutiérrez y del paisajista José Vera. Aunque cursó el bachillerato en El Escorial e intentó emprender varias carreras universitarias en Madrid en 1893, fue el encuentro con el pintor Manuel Domínguez lo que cambió su vida para siempre. Convertido en su discípulo, Sotomayor se entregó por completo a los pinceles.
Su talento natural no tardó en abrirle las puertas de Europa. En 1899 ganó una codiciada pensión de la Escuela de San Fernando para la Academia de Bellas Artes de Roma, donde se empapó del Renacimiento y del Barroco. Desde Italia viajó a París, Holanda y Bélgica, absorbiendo la revolución de los impresionistas franceses y la maestría de la pintura flamenca y holandesa, corrientes que marcarían profundamente la madurez de su obra.

El regreso a las raíces y el triunfo absoluto
El año 1905 marcó un hito en su producción con su regreso a Galicia. Seducido por el ambiente sencillo de la vida aldeana, Sotomayor volcó su genialidad en una célebre serie de temas galaicos. Obras maestras como El segador, Saliendo de misa en el pazo de Mende y la icónica Comida de boda en Bergantiños (junto a su vibrante Fiesta gallega) capturaron con maestría el costumbrismo, la luz y la identidad de su tierra natal.
El reconocimiento llegó de forma fulminante. En 1904 obtuvo la segunda medalla en la Exposición Nacional de Bellas Artes, conquistando la primera medalla solo dos años después, en 1906. Fue condecorado en 1912 y recibió el honor de contar con una sala independiente en la Exposición Internacional de Barcelona de 1929. Su proyección exterior incluyó la medalla de bronce en Lieja y la de oro en Múnich en 1909, sumando galardones en Barcelona (1907) y Buenos Aires (1910). En 1908 inició una brillante faceta docente que más tarde lo llevaría incluso a cruzar el Atlántico para marcar escuela en Chile.
La cúspide de su carrera: Guardián del Museo del Prado
Su consagración definitiva no solo vino dada por sus lienzos, sino por su enorme peso institucional. Álvarez de Sotomayor alcanzó la máxima distinción cultural al ser nombrado Director del Museo del Prado, cargo que ejerció con devoción en dos periodos cruciales de la historia de España (1922-1931 y 1939-1960). Bajo su experimentada gestión, la pinacoteca madrileña vivió una profunda modernización, ampliaciones arquitectónicas clave y una ordenación de las colecciones que potenció el esplendor de Velázquez y Goya ante los ojos del mundo.
Sotomayor gobernó la institución con mano experta y un respeto absoluto por los grandes maestros, compaginando sus complejas obligaciones directivas con su incansable producción como cotizado retratista de la alta sociedad. Falleció en Madrid el 17 de marzo de 1960, todavía en activo y profundamente ligado al museo, dejando un vacío insustituible pero asegurando un puente de luz imperecedero entre la tradición pictórica europea y el corazón eterno de Galicia.
